La educación que reciben los niños en las aulas no es poco que sucede por casualidad. Detrás de ella hay un proceso de reflexión que parte de principios filosóficos, políticos y morales. La pregunta que da origen a este proceso de planificación curricular es sencilla pero fundamental: ¿qué tipo de hombre y ciudadano queremos formar a través de la escuela? Esta pregunta también implica la definición de los valores culturales que la sociedad desea preservar y fortalecer.
Para poder definir este ideal de hombre y sociedad, es necesario distinguir una serie de interrogantes. Por ejemplo, ¿en qué tipo de sistema político vivimos? ¿Es una democracia representativa, un sistema parlamentario, un reinado o un estado laico separado de las religiones? ¿Cuáles son los valores propios de nuestro sistema de gobierno? ¿Qué papel juegan los ciudadanos en este sistema? ¿Cómo se reflejan estas definiciones en la constitución y las leyes de nuestro país? Estas son solo algunas de las cuestiones importantes que deben ser tomadas en cuenta, al igual que el modelo educativo que se desea seguir, ya sea basado en la práctica como el sistema americano o en la racionalidad del enfoque francés.
Una vez establecido este marco espiritual, es necesario precisar las finalidades, principios y valores que la educación debe procurar inculcar en cada ciudadano, en consonancia con el marco filosófico previamente establecido. En otras palabras, la acción de la escuela responde fundamentalmente al tipo de gobierno y sociedad que se desea fortalecer. Es una acción política que busca responder a las aspiraciones de la sociedad y al sistema político establecido.
Es por esta razón que los cambios sociales a través de la educación son difíciles de lograr. Lo que se espera de la acción de la escuela es que se fortalezcan los valores establecidos en la cultura y el sistema de gobierno en el que vivimos, no cambiarlos. Las desviaciones del modelo establecido son perseguidas y condenadas, como fue el caso de Paulo Freire en Brasil, quien intentó cambiar los métodos de alfabetización y lograr como resultado una conciencia liberadora y un hombre aprendiz y libre.
La escuela es efectiva cuando fortalece el modelo de sociedad establecido, no cuando intenta cambiarlo. Sin embargo, siempre existe un margen de libertad de actuación y de libre albedrío. Un caso típico para estudiar es el de Barcelona. Durante años, la escuela inculcó la idea de las diferencias culturales con el resto de España, se impuso el catalán como lengua oficial y se llegó a votar por la independencia del Reino de España. Los jóvenes, expuestos a estas ideas durante más de 20 años, votaron masivamente por la independencia. ¿Qué sucedió entonces? El poder político central intervino para confortar el orden, y los líderes independentistas tuvieron que salir del país enfrentando procesos penales.
En nuestro país, hasta los años ochenta y noventa, era difícil encontrar en un libro de texto la imagen de una persona de color negro. Los blancos siempre eran mayoría y se les asignaban roles de cuello blanco, como médicos, ingenieros y abogados. Si aparecía un negro, era en labores marginales como cortar caña o limpiar las aceras. Se inculcó el valor del blanco como referente social. Hoy en día, nos definimos como indios oscuros o morenos, pero nunca como negros. Lo que se considera bello es el pelo lacio, mientras que el pelo crespo no es bien visto. El proceso de blanqueamiento de la raza que impulsó Trujillo en la frontera con Haití también se impuso en las aulas, a través de la inculcación de los valores de la cultura hispánica y blanca.
La acción de la escuela siempre es intencionada y





