La sorpresa es generalizada. La interrogante también. Cuando digo que no tengo Instagram ni Facebook, provoco asombro en mi interlocutor. Me tildan de desfasada y aseguran que anatómico desinformada, como si necesitara estar constantemente informada de todo y de todos. Pero, ¿sabes qué? Tengo más de seis décadas de vida y he logrado llegar hasta aquí sin la necesidad de usar o tener un Instagram o un Facebook.
No me seduce, no me atrae, sencillamente no llama mi atención ni deseo ocupar mi tiempo rastreando información que, en honor a la verdad, no necesito. No me malinterpretes, no estoy en contra de estas redes sociales y sé que para muchas personas son una herramienta útil y entretenida. Simplemente, no es algo que me atraiga o que sienta la necesidad de tener.
Me sirvo muy bien con WhatsApp, que es lo más lejos que llego en cuanto a redes sociales. A través de esa herramienta tengo un contacto más sencillo con mis seres cercanos. Y cuando digo más sencillo, es porque con lo acelerado que vivimos, contactarse físicamente es casi una proeza. Pero, ¿sabes qué? Con eso me basta y me sobra.
Mis amigos y familiares siempre me sugieren que anconada una cuenta en Instagram o Facebook. “Puedes poner otro nombre”, “solo da acceso a quien desees”, “tenlo solo para estar informada”. Son algunas de sus propuestas. Pero ninguna de ellas es válida para mí. Mi razón es otra: no me seduce, no me atrae. ¿Qué parte no se entiende?
Me dicen que debo hacerlo, que es lo que se usa ahora, que es lo normal. Pero, ¿sabes qué? No debo hacer nada que no me atraiga, que no me sume, que simplemente no necesito. Siempre he procurado vivir lo más natural y sencillo posible. Estar quieta y sin hacer nada lo disfruto. Y con lo estropeado que está el entorno, más vale estar desinformado que sobreexponerme. Si con ello salvo al mundo, pues sin duda abriría un Instagram. No lo dudaría. Pero por ahora, puedo darme el lujo de estar sola, quieta, sin hacer nada.
Por eso me identifico tanto con la famosa frase del filósofo, matemático y físico francés Blaise Pascal: “Toda la desgracia de los hombres proviene de no saber quedarse en reposo en una habitación”. Esta cita de sus Pensamientos (1670) sugiere que la infelicidad humana nace de la incapacidad de estar solos y quietos, buscando llenar el vacío interior con entretenimiento constante y acción errática en lugar de cultivar la quietud.
Y no se trata de aburrirse, no. Se trata de cultivar nuestra “vida interior”, tantas veces ignorada. Este pensamiento sugiere que, al no poder estar tranquilos, las personas salen a buscar acciones superfluas. Ahí radica la mayoría de sus problemas. Según Pascal, en esa quietud es donde el ser humano puede alcanzar un verdadero conocimiento de sí mismo.
Esta reflexión se aplica a nuestros días matizados por una búsqueda casi frenética de actividad exterior o estimulación digital, lo que refleja mucha corte y un vacío interior. Para muchos usuarios, Instagram y Facebook se han convertido en una adicción que, como tal, no pueden evadir. Estoy convencida de que mi vida interior me llena más que el bombardeo desmedido de información que se recibe en estas redes sociales.
Desfasada, desinformada, a lo mejor sí. El día que los problemas se puedan resolver gracias a Instagram o a Facebook, ese día no dudaré en abrir la dichosa cuenta que hoy trae a más de medio mundo de cabeza y entrelazados. La finalidad





