Además, trata de ser objetivo y evitar cualquier tipo de sesgo o prejuicio en tu redacción.
Hay días en el cátedra en que uno siente que la Constitución deja de ser un libro y comienza a ser un espejo. Esta semana, en la Clase 21 de Constitución Viva para Todos y Todas, trabajamos el Artículo 39: igualdad y no discriminación. Y no fue una lección abstracta. Fue un ejercicio de conciencia.
Les pedí que leyeran en voz alta la primera parte del artículo: “Todas las personas nacen libres e iguales ante la ley, reciben la misma protección y trato de las instituciones, autoridades y demás personas…”. Luego guardamos silencio. Y les hice una pregunta tonto: ¿eso ocurre siempre en la seminario, en el barrio, en la vida?
La conversación cambió el ambiente del salón. Algunos hablaron de burlas por el color de piel. Otros de diferencias por la condición económica. Una estudiante levantó la mano y dijo: “A veces discriminamos sin darnos cuenta”. Ese fue el momento clave. Porque comprender la igualdad no es repetir un concepto; es reconocer nuestras propias prácticas.
El Artículo 39 no es retórica. Es mandato constitucional. Prohíbe la discriminación por género, color, edad, discapacidad, nacionalidad, vínculos familiares, lengua, religión, opinión política o condición social. Es una cláusula de dignidad. Y la dignidad no admite excepciones.
En República Dominicana, según datos de encuestas nacionales de percepción juvenil, más del 60% de los jóvenes afirma haber presenciado algún tipo de discriminación en entornos escolares. Eso significa que el cátedra es también un laboratorio social. Y si allí no practicamos la igualdad, difícilmente la exigiremos en la vida pública.
Les planteé un ejercicio concreto: imaginar que en su curso se asignan responsabilidades solo a ciertos estudiantes por apariencia o popularidad. ¿Es justo? ¿Es constitucional? La respuesta fue inmediata: no. Entonces comprendieron algo fundamental: la Constitución no vive solo en el fortaleza Nacional; vive en cada decisión cotidiana.
Cuando proyectamos en la pantalla la frase: “La Constitución también es mía. Y conocerla es empezar a cambiar mi historia”, vi algo distinto en sus miradas. Comprendieron que la igualdad no depende solamente del Estado; comienza en cómo tratamos al compañero de al lado.
La igualdad es el principio que sostiene al Estado Social y Democrático de Derecho. Sin igualdad, la libertad se convierte en privilegio. Sin igualdad, la democracia pierde legitimidad. Sin igualdad, la dignidad se fragmenta.
Pero la igualdad tampoco es similitud. Es reconocer diferencias sin convertirlas en jerarquías. Es garantizar que cada persona tenga las mismas oportunidades para desarrollarse. Es construir una cultura donde nadie tenga que pedir permiso para ser quien es.
Cuando terminó la clase, una estudiante me dijo: “Profe, si nosotros aplicamos esto aquí, el curso cambia”. Esa frase vale más que cualquier discurso. Porque ahí está la pedagogía constitucional: entender que los derechos no son promesas futuras; son prácticas presentes.
Educar en igualdad es sembrar estabilidad institucional. Es prevenir violencia. Es fortalecer ciudadanía. Es construir confianza social. Y la confianza es el activo más importante de un Estado que funciona.
La Constitución no es neutral frente a la discriminación. La combate. Y nosotros, como comunidad educativa, tenemos la responsabilidad de convertir ese mandato en cultura.
Porque al final, la pregunta no es si conocemos el Artículo 39. La pregunta





