La libertad dominicana, proclamada el 27 de febrero de 1844, es un momento crucial en nuestra historia como nación y un hito en nuestra conciencia nacional. Más allá de ser una simple separación política de Haití, fue el comienzo de un esquema histórico propio, liderado por hombres que entendieron que un pueblo sin soberanía no tiene destino. Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Matías Ramón Mella encarnaron la voluntad colectiva de libertad, organizando un movimiento que buscaba establecer una república basada en leyes, justicia y participación ciudadana.
Para Duarte, la libertad era más que una lucha militar, era una empresa moral. La Trinitaria no solo era una sociedad secreta, sino también un laboratorio de ideas republicanas. Su visión era que la nación debía ser construida sobre la virtud cívica y el respeto a la dignidad humana. Esta idea elevó la gesta de 1844 por encima de una simple confrontación territorial. La libertad dominicana nació vinculada a un ideal ético: la construcción de un Estado libre de dominaciones externas y de arbitrariedades internas. Por eso, desde sus inicios, nuestra soberanía estuvo ligada a la responsabilidad colectiva.
Sin embargo, la historia posterior demostró que la libertad no es un logro definitivo. Las tensiones internas, las ambiciones caudillistas y las presiones internacionales pusieron en riesgo el esquema original. La anexión a España en 1861 evidenció la fragilidad institucional del país, pero también despertó una conciencia más firme de identidad nacional. La Guerra de la Restauración reafirmó que el pueblo dominicano estaba dispuesto a defender su libertad, incluso frente a antiguas metrópolis. Esta segunda gesta consolidó la idea de que la soberanía es un proceso continuo, no un acontecimiento aislado.
Para un país como el nuestro, ubicado en el corazón del Caribe y atravesado por influencias culturales diversas, la libertad significa algo más que autonomía política. Representa la capacidad de preservar una identidad abierta, mestiza y creativa, sin perder la conciencia de nuestras raíces. La nación dominicana se ha formado en el cruce de tradiciones europeas, africanas y antillanas, y esa riqueza cultural solo puede florecer plenamente en un marco de autodeterminación. Por lo tanto, la libertad también es una condición para el desarrollo cultural y social.
Hoy, más de un siglo y medio después, la libertad nos plantea nuevos desafíos. La globalización, la dependencia económica y las desigualdades internas nos obligan a repensar el significado contemporáneo de la soberanía. Ser independientes no significa aislarnos, sino participar en el orbe desde una posición de dignidad y autonomía. Esto implica fortalecer nuestras instituciones, promover la educación crítica y consolidar un Estado de derecho que responda al interés general y no a privilegios particulares.
Conmemorar el 27 de febrero no debería limitarse a desfiles y discursos. Es, sobre todo, un ejercicio de memoria y compromiso. La libertad dominicana nos recuerda que la libertad requiere vigilancia, participación y ética pública. También demanda unidad nacional frente a los desafíos contemporáneos, visión estratégica para el desarrollo sostenible y una cultura política basada en la transparencia y el bien común. Solo así la patria desatenderá de ser una consigna y se convertirá en un esquema compartido. En esta tarea permanente reside el verdadero significado de nuestra libertad.
En resumen, la libertad dominicana es un momento histórico que nos recuerda la importancia de la soberanía y la responsabilidad





