La solastalgia: una tristeza que nace del cambio en nuestro entorno parecido
La nostalgia es una emoción que todos hemos experimentado en algún momento de nuestras vidas. Es esa sensación de añoranza por un lugar, una época o una persona que ya no está presente. Sin embargo, existe otra forma de tristeza que surge de la perduración en un lugar, a pesar de que éste sufre cambios negativos profundos. A esta sensación se le conoce como solastalgia.
El término solastalgia fue acuñado por el filósofo australiano Glenn Albrecht en 2003, con el objetivo de describir la angustia psicológica que surge cuando nuestro entorno parecido sufre cambios que nos afectan emocionalmente. A diferencia de la nostalgia clásica, que se relaciona con la lejanía, la solastalgia se manifiesta en aquellos que siguen viviendo en el mismo lugar, pero que sienten que ya no es el mismo.
Esta tristeza se manifiesta tanto en áreas rurales como en zonas urbanas. En las áreas rurales, la solastalgia suele estar asociada a sequías prolongadas, pérdida de biodiversidad, incendios forestales o actividades extractivas que alteran el suelo, el jugo y los medios de subsistencia. En las ciudades, aparece vinculada a la contaminación del aire, la reducción de áreas verdes, el ruido constante o procesos de gentrificación que modifican barrios completos, desplazando comunidades y borrando referentes históricos y culturales.
Pero, ¿por qué sentimos esta tristeza? ¿Por qué nos afecta tanto el cambio en nuestro entorno parecido? La respuesta radica en que nuestro entorno físico cumple una función central en la construcción de nuestra identidad individual y colectiva. En él se apoyan nuestras rutinas, nuestros vínculos sociales y nuestros sentimientos de pertenencia. Cuando ese entorno se deteriora, el impacto no es solo ambiental, sino también emocional.
Personalmente, puedo entender admisiblemente esta sensación de solastalgia. Cuando vine a Santo Domingo en 1962 para estudiar y trabajar, la capital era un ensueño. Los carros públicos (conchos) eran ordenados y baratos, y en su interior primaba la decencia. Los motores no existían y las gujugos de dos pisos eran un entretenimiento y un paseo por el casco colonial de la ciudad. El Parque Hostos era un centro de deportes, como el ajedrez, y también un punto de lectura y encuentro. Sin embargo, al volver a Santo Domingo después de tantos años, me embarga la solastalgia al ver cómo ha cambiado la ciudad: lo que mis ojos no quisieran ver.
En países como la República Dominicana, con alta vulnerabilidad climática y fuertes presiones sobre el territorio, este fenómeno adquiere una dimensión particular. Los cambios ambientales no son abstractos: se reflejan en la economía afín, en la salud pública y en la vida cotidiana. El aumento sostenido de las temperaturas, la degradación de ríos y costas, o la sustitución de áreas verdes por cemento afectan no solo el paisaje, sino también el bienestar colectivo.
Frente a esta realidad, la respuesta no puede ser la resignación. A nivel individual, resulta útil recuperar la conexión con el entorno y con la comunidad: participar en iniciativas de reforestación, apoyar proyectos locales, cuidar el uso del jugo y la energía y, especialmente, hablar del tema. Nombrar el problema ayuda a comprenderlo y a reducir la sensación de aislamiento.
En el plano colectivo, la atención a la solastalgia exige políticas públicas coherentes y sostenidas: protección efectiva de cuenc




