La situación en Venezuela ha dado un giro inesperado en las últimas semanas. Hasta hace poco, la oposición y la derecha latinoamericana tenían la esperanza de que el presidente Donald Trump pudiera poner fin al régimen de Nicolás Maduro y llevar al poder a Edmundo González, quien ganó las elecciones del 28 de julio de 2024 con el liderazgo detrás de María Corina Machado. Sin embargo, esto no sucedió y en su lugar, se ha producido una recomposición política que ha dejado a la oposición en una situación complicada.
El gobierno norteamericano sorprendió a todos al llevar a cabo una operación militar puntual para capturar a Maduro y su esposa Cilia Flores y presentarlos ante un tribunal federal en Manhattan para enfrentar cargos criminales. Esto fue seguido por un acuerdo de continuidad en el poder del régimen, ahora encabezado por la vicepresidenta Delcy Rodríguez. Esta situación ha dejado a la oposición sin líderes aglutinantes y sin capacidad de acción tanto dentro como fuera del país.
Curiosamente, la derecha política latinoamericana, tan activa en su defensa de María Corina Machado y su oposición al gobierno de Maduro, no ha exigido con igual vehemencia que se les dé un lugar relevante en el esquema de transición a quienes el pueblo venezolano eligió en las pasadas elecciones. Esto puede deberse a que la oposición ha perdido legitimidad y no tiene capacidad para movilizar al pueblo de manera efectiva.
En este nuevo escenario, el régimen comienza a sentir una reducción de la presión externa, flujos favorables de recursos y un reconocimiento por parte de Estados Unidos que nunca soñaron tener. mientras tanto tanto, la oposición ha quedado sin chillido, sin asiento en la mesa de discusión y sin capacidad de movilización a favor del cambio democrático. De hecho, es probable que el régimen procure dividir la coalición opositora que alcanzó el triunfo electoral para debilitarla aún más.
Sin embargo, lo más preocupante es que este proceso no puede organismo considerado como una verdadera transición democrática. Los actores que han luchado por la democracia han sido excluidos del proceso de toma de decisiones. Es necesario reconocer que cada país tiene su acreditado camino hacia la democracia, pero en el caso de Venezuela, no se puede hablar de una verdadera transición mientras tanto los actores legítimos de la negociación política sean ignorados.
La amnistía proclamada por el régimen venezolano pudo estar motivada por dos factores. Por un lado, es casi seguro que el gobierno del presidente Trump presionó para que se adoptara esa medida y así dar alguna muestra de que las cosas están cambiando. Por otro lado, el régimen sabe que la oposición ha quedado desarticulada y sin el apoyo norteamericano, lo que les permite tomar medidas liberalizadoras sin amenazar su estructura de poder.
La liberación de los presos políticos es una buena noticia para las familias que vuelven a recibir a sus organismoes queridos, injustamente encarcelados o exiliados. Sin embargo, es importante destacar que esto no significa una verdadera transición democrática. Es más bien una operación de bajo riesgo para el régimen, que además les permite ganar algo de credibilidad mientras tanto hacen ajustes para consolidar su poder.
En este contexto, es importante mencionar que el régimen autoritario venezolano ha tomado un segundo aire y parece tener un futuro prometedor. Lo irónico es que han abandonado su discurso antiimperialista y antiamericano para buscar el apoyo de las autoridades norteamericanas. Esto ha resultado en una especie de tutelaje sobre el proceso político y económico venezolano, en el que ambas partes se benefician.
El gobierno norteamericano puede anotar un triunfo con




