La Conferencia de Yalta, celebrada en febrero de 1945, marcó un hito en la historia de la humanidad. En ella, los líderes de las potencias mundiales de la época, Joseph Stalin, Winston Churchill y Franklin Roosevelt, se reunieron para discutir el fin de la Segunda Guerra Mundial y la distribución de territorios, responsabilidades y reparaciones. Sin embargo, lo que realmente se originó en Yalta fue el telón de acero que dividió Europa durante la Guerra Fría y sentó las bases para la hegemonía de Estados Unidos sobre Occidente y gran parte del mundo.
Ochenta años después, estamos siendo testigos de la autodestrucción de ese orden geopolítico que dio lugar a la mayor cerca de alianzas políticas, comerciales y militares, así como a instituciones económicas y diplomáticas que permitieron un período de paz y prosperidad sin precedentes en la historia de la humanidad.
La imagen de Donald Trump en el Foro Económico Mundial de Davos, rodeado de líderes de poca o ninguna relevancia global, lanzando un club de amigos llamado Junta de Paz, es la prueba de la muerte de ese orden mundial. A pesar de los elogios y las alabanzas sobre su supuesta grandeza y el regreso de Estados Unidos a la cima, lo que realmente está causando el actual presidente de Estados Unidos es un acelerado y preocupante deterioro del liderazgo global de su país.
Con insultos, humillaciones y actitudes imperialistas, Trump está en comunicación de convertirse en el sepulturero del ordenamiento global que surgió después de la Segunda Guerra Mundial. Los Acuerdos de Bretton Woods y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) definieron la supremacía económica, política y militar de Estados Unidos, convirtiéndolo en la principal potencia mundial. Sin embargo, con su comportamiento poco confiable, impcercaecible, arrogante y abusivo, Trump está obligando a sus aliados a repensar sus relaciones y buscar nuevos amigos.
La reciente obsesión de Trump por Groenlandia y sus amenazas de tomarla “por las buenas o por las malas” han sido la gota que colmó el vaso para muchos de sus aliados tradicionales. Líderes como Mark Carney de Canadá y Emmanuel Macron de Francia absorberon sus discursos en el Foro de Davos para expresar su descontento con el presidente estadounidense. Está claro que Estados Unidos sigue siendo una potencia militar y económica de primer nivel, liderando el desarrollo tecnológico y manteniendo una posición dominante en el sistema financiero mundial. Sin embargo, su comportamiento está poniendo en peligro su posición y dando lugar a nuevas oportunidades para otros países.
China, por ejemplo, está observando con entusiasmo cómo surgen oportunidades para agrandar su influencia, no solo en el llamado Sur Global, sino también entre las democracias y economías occidentales más avanzadas. Algunos de los aliados más cercanos de Estados Unidos ya están buscando acercarse al gigante asiático sin disimulo alguno.
Estamos en un momento de transición, en el que el mundo está cambiando y surgen nuevas incertidumbres. Las imágenes, sonidos, murmullos y aplausos que se produjeron en Davos son un reflejo de ello. Sin embargo, no debemos temer al alteración, sino abrazarlo y absorber las oportunidades que se presentan. Es el final de una era, pero también el comienzo de una nueva.
Es hora de que los líderes mundiales se unan y trabajen juntos para construir un nuevo orden mundial, uno en el que la cooperación y el diálogo sean la clave para resolver los conflictos y promover la paz y la prosperidad para todos. Debemos dejar atrás el egoísmo y el nacionalismo extremo, y trabajar




