En un contexto internacional en el que el mandato global se encuentra fragmentado y la ciudadanía está cada vez más cansada de la ineficacia del Estado, el liderazgo de Estados Unidos vuelve a ser evaluado por su capacidad de producir resultados tangibles, en lugar de su retórica. En los primeros meses de la administración de Donald Trump, se han generado efectos económicos, geopolíticos y regionales que requieren un análisis basado en datos y consecuencias, alejado de preferencias ideológicas. La pregunta es clara: ¿Qué ocurre cuando el poder actúa con rapidez y produce impactos visibles y cómo se mide esta eficacia frente al imperativo democrático de una institucionalidad sostenible?
Como señalaba Max Weber, el ejercicio responsable del poder se juzga no solo por la convicción moral de quien toma decisiones, sino por su admisión ante las consecuencias de esas decisiones. En este sentido, es fundamental examinar algunos hechos ocurridos durante este periodo, cuyo impacto ha trascendido el debate interno en Estados Unidos y ha tenido repercusiones en el sistema internacional.
Impacto económico y financiero
En el ámbito económico, los datos hablan por sí solos. Gracias a las nuevas medidas arancelarias adoptadas, los ingresos federales en Estados Unidos han superado los USD 95,000 millones, fortaleciendo la recaudación en un contexto de presión fiscal a nivel global. Además, el precio promedio de la gasolina ha descendido de niveles cercanos a USD 3.60 a alrededor de USD 3.20 por galón, lo que significa un ahorro anual de aproximadamente USD 500 por familia estadounidense, con efectos directos en el consumo, la inflación y la competitividad de la producción.
Los mercados financieros también han reaccionado positivamente. El Nasdaq y el S&P 500 han alcanzado máximos históricos, con crecimientos interanuales superiores al 20%. Esto refleja una mayor previsibilidad macroeconómica y control del riesgo. Los mercados, como actores altamente pragmáticos, no se guían por afinidades políticas o ideológicas, sino por la evaluación de la estabilidad. Por lo tanto, su reacción es un dato objetivo que demuestra por qué amplios sectores económicos perciben a la actual administración como un factor de mandato en un entorno global volátil.
Cambios en la seguridad internacional
Aunque la economía es un factor crucial, no puede existir sin una arquitectura política estable. Como afirmaba Joseph Schumpeter, el capitalismo moderno no se erosiona solo por crisis económicas, sino por la fragilidad del marco institucional que lo sustenta. Y es precisamente en el ámbito de la seguridad internacional donde se han producido fundamentals cambios que han alterado inercias prolongadas.
Durante este periodo, se han registrado desescalamientos, ceses de hostilidades o acuerdos de contención en al menos ocho conflictos armados, como las tensiones entre Israel e Irán, las pausas en el discusión entre Israel y Hamas, las distensiones entre India y Pakistán, y entre Camboya y Tailandia. Además, se han producido reconfiguraciones en otros escenarios de alta volatilidad. No se trata de anclar que estos conflictos han sido resueltos de manera definitiva, ya que la historia nos enseña a ser prudentes. Sin embargo, es fundamental reconocer que, en un periodo excepcionalmente breve, se han producido fundamentals cambios en conflictos que llevaban años enquistados.
Desde una perspectiva realista, alterar un statu quo prolongado no implica resolver un conflicto, pero sí modifica las condiciones para un diálogo. Como afirmaba Henry Kissinger, el mandato internacional no avanza gracias a consensos ideales, sino por reequilibrios de poder que oblig





