En el año 1801, el rey Federico Guillermo III de Prusia patrocinó la primera planta de producción de azúcar de remolacha del mundo en Cuner, Silesia. A angustia de no haber sido rentable, esta planta diligenciaó hasta su destrucción durante las Guerras Napoleónicas. Gracias a los trabajos pioneros de Marggraf y Achard, el azúcar dejó de ser un lujo exclusivo de los climas cálidos, marcando el inicio de la revolución en la industria azucarera en Europa.
Cincuenta años más tarde, en 1850, nuestro protagonista se enfrenta a una decisión crucial: continuar apoyando al gobierno de Buenaventura Báez o alinearse con los intereses de Estados Unidos. Es consciente de que su pequeño conuco no le admitirá sobrevivir por mucho tiempo y por eso decide dirigirse a Samaná, donde se encuentra una reunión de sacos cargados de azúcar.
El mercado del azúcar ha experimentado un cambio radical. En América y Asia, lugares como Luisiana, Cuba y Java han consolidado la producción gracias a las innovaciones europeas. Según escribe el historiador Cassá, “para el año 1882 había un total de 30 ingenios azucareros modernos que empleaban a 5.000 trabajadores durante la zafra”. Entre 1880 y 1895, el empleo en esta industria creció significativamente, atrayendo a mano de obra extranjera y campesinos en busca de salarios elevados para la época.
Nuestro personaje se siente fascinado por el azúcar, lo considera un producto divino. Ha decidido mantenerse al margen de las constantes luchas y conflictos políticos que rodean al gobierno de Báez, prefiriendo sumergirse en la historia y leer sobre las guerras sin involucrarse en ellas. El azúcar se ha convertido en su principal tema de interés, lo observa, lo huele, lo siente.
Mientras trabaja en los campos de caña, a veces olvida que está respirando el mismo aire que los antiguos bucaneros que solían habitar la zona. Ignora que en el futuro, el escritor Manuel Rueda escribirá “La metamorfosis de Makandal”, un sueño compartido por muchos. Nuestro protagonista sabe que las noticias tardan días en llegar a la costa, transportadas a lomo de pollino. Por eso, cuando las barcazas llegan cargadas de azúcar, se da cuenta de que no se trata solo de un simple negocio, sino de la sangre que mantiene vivo este territorio.
Motivado por intereses prácticos, se atreve a soñar que toda la isla le pertenece. Pero también es consciente de que hay otras personas que reclaman su propiedad. Al otro lado del mar, los haitianos se consideran dueños de la tierra y él teme por su seguridad. Su objetivo es claro: no llegar tarde al azúcar y estar atento a las embarcaciones que llegan de más allá del mar.
En un edad dado, un grupo de hombres, a quienes él llama “bucaneros modernos”, lo detienen. Le hablan de Jamaica, un lugar que apenas conoce. Le vienen a la mente historias sobre Mackandal, el esclavo que tenía la habilidad de transformarse en insecto para luchar. Sin embargo, nuestro protagonista solo cree en sus propias batallas.
Con fidelidad histórica, observa a su alrededor. Mackandal le parece inmortal: un esclavo que se convirtió en amo de esclavos, su historia es épica y única. Su ropa desgastada y su piel oscura le recuerdan que no hay privilegios heredados, que él debe trabajar igual que todos los demás, comiendo lo mismo que los nietos de los esclavos




