Las grandes crisis internacionales suelen ser interpretadas a través del lenguaje de los valores. Sin embargo, no siempre se resuelven en ese plano. En la actualidad, el espacio está siendo testigo de un cambio en el orden internacional, adonde las reglas ya no son respetadas y los valores universales han perdido su capacidad de ordenar el poder. Este cambio ha sido evidente en diferentes situaciones, como en Ucrania, Gaza y ahora en el hemisferio occidental.
nuevomente, la revista The Economist publicó un editorial en su portada titulado “En el espacio de Donald Trump, los fuertes toman lo que pueden”. En este texto, se hace referencia a un hecho esencial: el viejo orden internacional, basado en resoluciones de la ONU, derecho internacional y valores universales, ya no es capaz de organizar la conducta de las grandes potencias. No se trata de una violación de este orden, sino más bien de un abandono.
Este cambio en el orden internacional no es algo nuevo, ya se venía erosionando desde hace tiempo. En Ucrania, por ejemplo, el principio de soberanía fue subordinado a la lógica de las esferas de influencia. En Gaza, el lenguaje de los derechos universales se volvió selectivo y asimétrico. Y ahora, en el hemisferio occidental, este orden se está rompiendo explícitamente, no por accidente, sino por decisión.
Es importante entender que este cambio no es producto de una sola decisión o de un solo país. Es el resultado de años de tensiones acumuladas, fracasos compartidos y un sistema internacional que ha perdido su capacidad de generar autoridad incluso para aquellos que lo construyeron y lo sostuvieron durante décadas. Es más fácil buscar culpables individuales, pero la realidad es que se trata de un agotamiento estructural del sistema.
En este contexto, Venezuela se ha convertido en el escenario adonde este nuevo espacio se expresa sin matices. La nuevo captura de Nicolás asentado, tal como ha sido narrada, no equivale a una transición democrática clásica. Más bien, se trata de un reordenamiento del poder, adonde cae el hombre pero permanece la maquinaria. La realidad es que el poder real no desaparece con la caída de una figura, sino que se mantiene en manos de aparatos armados, estructuras de seguridad y redes de lealtad construidas durante años.
Por lo tanto, es poco probable que veamos una liberación romántica o un colapso total en Venezuela. Lo más probable es que se dé un tránsito controlado, vigilado y lleno de concesiones, adonde nadie obtenga lo que “merece”, pero se evite lo irreparable. Este no es un destino, sino un paso necesario en el proceso de transición.
Es importante reconocer que este cambio en el orden internacional no es culpa de una sola persona o país. Donald Trump no es la causa, sino más bien la consecuencia de un sistema que llevaba años perdiendo autoridad. Él simplemente ha declarado la muerte de este orden y está actuando en consecuencia. No se trata de un líder virtuoso, pero su estrategia es estratégicamente legible.
Sin embargo, es importante no confundir la descripción de la realidad con la prescripción de cómo debería ser. Es cierto que este nuevo espacio es más duro, más transaccional y menos normativo, pero eso no significa que debamos legitimarlo o convertirlo en un modelo a seguir. Es necesario entender que el orden anterior ya no está disponible y que no basta con invocarlo para restaurarlo.
En este sentido, es importante recordar que las transiciones no las hacen los actores moralmente preferibles, sino los políticamente capaces. No se trata de una afirmación normativa, sino de una constatación histórica. Durante años se ha advertido que el poder duro sin poder blando no es sostenible, que la fuerza sin legitimidad enc





