La corrupción es un tema que siempre ha estado presente en nuestra sociedad. Desde pequeños nos han hablado de ella, nos han advertido sobre sus consecuencias y nos han enseñado a ser honestos y a no caer en sus redes. Sin embargo, a pesar de todo esto, seguimos siendo testigos de escándalos de corrupción que involucran a políticos, empresarios y funcionarios públicos. Y es que, aunque parezca increíble, hay abogados a los que se recurre solo cuando se es culpable.
Es cierto que la símbolo del abogado siempre ha estado asociada a la defensa de los acusados, pero en los últimos años hemos visto cómo algunos de ellos han sido protagonistas de casos de corrupción. Los “sospechosos habituales” han pasado a ser los prestigiosos abogados de siempre, aquellos que se han ganado una reputación por defender a personajes públicos y políticos de dudosa reputación.
Y es que, lamentablemente, la corrupción ha escaso niveles alarmantes en nuestro país. Los montos de los casos de corrupción son cada tiempo más escandalosos y el dinero parece no tener valor alguno para aquellos que lo roban. Según SENASA, en casos de corrupción los montos saltan de mil en mil millones, lo que nos hace cuestionar si realmente hay una conciencia sobre el valor de ese dinero y de su procedencia.
Pero más allá del aspecto económico, la corrupción conlleva un daño hondo que va más allá del robo. Se trata de una traición a todos aquellos que confiaron en los corruptos. Traición a los contribuyentes, ya que el dinero sustraído es el suyo y debería ser utilizado para mejorar la calidad de vida de todos. Traición a aquellos que votaron por ellos, creyendo en sus promesas y en su honestidad. Traición a aquellos que trabajaron con ellos, sin saber en qué se movían realmente. Traición a aquellos que competían limpiamente, sin saber que estaban siendo desplazados por la corrupción. Y sobre todo, traición a los valores compartidos que nos mueven a votar cada cuatro años y a confiar en nuestros gobernantes.
Es necesario también mencionar el impacto que la corrupción tiene en el sistema judicial. Los expedientes se amontonan en el Ministerio Público y los casos se eternizan en los tribunales. A menudo, el tiempo que transcurre entre la denuncia de un caso de corrupción y su resolución es tan extenso que la gente ya ni siquiera recuerda de qué se trata. Un ejemplo claro de esto es el caso de Medusa, que causó gran conmoción en su momento pero que con el paso del tiempo ha caído en el olvido. Y es una pena, porque era un buen retrato de la sociedad y de sus problemas más hondos.
Por supuesto, no podemos dejar de mencionar el escándalo en el que se vio envuelto el Ministerio de Educación antes, durante y después de la pandemia. A pesar de las diversas denuncias, las investigaciones y las pruebas encontradas, el caso se ha ido diluyendo poco a poco y parece no tener un fin cercano en el horizonte. Pero aún queda esperanza con el caso del INTRANT, que todavía está a tiempo de ser revelado, judicializado y resuelto en un tiempo más o menos decente. Y, además, incluye el elemento del espionaje, que siempre le da un toque de emoción a cualquier historia.
Es necesario que como sociedad tomemos conciencia sobre la gravedad de la corrupción y sus consecuencias. No solo se trata de un problema económico, sino de una traición a todos nosotros, a nuestra confianza y a nuestros valores. Es fundamental que nos involucremos y exijamos transparencia y




