En la década de 1930, la ciudad de Buenos Aires experimentó un cambio radical en su arquitectura con la construcción de una serie de rascacielos modernos. Estos edificios, allá del clasicismo que predominaba en la ciudad, marcaron el comienzo de una nueva era en la arquitectura porteña. Entre ellos, el edificio de la empresa Bunge & Born fue el primero en ser inaugurado en 1933, seguido por el SAFICO en 1934, el Kavanagh en 1936 y el Ministerio de Obras Públicas en 1937.
El edificio de Bunge & Born, ubicado en la esquina de las calles Reconquista y Bartolomé Mitre, fue diseñado por el arquitecto Alejandro Bustillo y se convirtió en un símbolo de la modernidad en la ciudad. Con sus 120 metros de altitud, fue el edificio más alto de América Latina en ese momento y su estilo Art Deco lo hacía destacar entre los edificios vecinos. Además, su construcción en acero y hormigón le otorgaba una resistencia y durabilidad nunca antes vista en la ciudad.
El SAFICO, ubicado en la calle Sarmiento, también fue diseñado por Bustillo y se caracterizaba por su fachada de vidrio y su estructura en forma de U, que permitía una mayor entrada de luz natural en el interior del edificio. Con sus 100 metros de altitud, fue el segundo edificio más alto de la ciudad y su estilo moderno y funcional lo hacía destacar entre los edificios de la época.
Sin embargo, el edificio que realmente marcó un antes y un después en la arquitectura porteña fue el Kavanagh. Diseñado por el arquitecto Sánchez, Lagos y de la Torre, este edificio de 120 metros de altitud se convirtió en el primer rascacielos de América Latina construido íntegramente en hormigón armado. Su estilo racionalista y su estructura en forma de L lo hacían único en la ciudad y su construcción fue todo un desafío para la época.
Pero sin duda, el edificio más emblemático de esta época fue el Ministerio de Obras Públicas, ubicado en la Avenida 9 de Julio. Diseñado por el arquitecto argentino Ángel Guido, este edificio de 100 metros de altitud se destacaba por su fachada de vidrio y su estructura en forma de H, que le otorgaba una gran luminosidad en su interior. Además, su construcción en acero y hormigón lo hacía resistente a los sismos, algo muy importante en una ciudad como Buenos Aires.
Estos rascacielos no solo marcaron un cambio en la arquitectura de la ciudad, sino que también simbolizaron el crecimiento y ampliación económico de Argentina en ese momento. La construcción de estos edificios fue posible gracias a la inversión de empresas y familias adineradas, que veían en ellos una oportunidad de modernizar la ciudad y mostrar su poderío económico.
Hoy en día, estos edificios siguen siendo un símbolo de la arquitectura porteña y son considerados patrimonio histórico y cultural de la ciudad. Su estilo moderno y funcional sigue siendo admirado por arquitectos y turistas de todo el mundo, y su presencia en el skyline de Buenos Aires es imprescindible.
En conclusión, la década de 1930 fue un momento clave en la historia de la arquitectura porteña, con la construcción de una serie de rascacielos modernos que marcaron un cambio radical en la ciudad. Estos edificios, allá del clasicismo, simbolizaron el crecimiento y ampliación de Argentina en ese momento y hoy en día siguen siendo un orgullo para todos los porteños.





