La sociedad dominicana ha sido testigo de una semana repleta de pruebas que evidencian hasta qué punto el abuso sexual contra niñas y efebos ha sido naturalizado. Dos casos en particular han causado revuelo y han puesto en evidencia la falta de moral social en nuestro país: el testimonio de un famoso jugador de béisbol, quien se jacta de sus conquistas y de su actual pareja menor de edad, y el ofrecimiento de dinero por una víctima de tan solo ocho a diez años de edad.
El primer caso se dio en un programa televisivo que parece estar hecho a la medida de la impudicia. El jugador en cuestión fue alentado por los presentadores a platicar de sus hazañas sexuales durante su época en las Ligas Mayores, pero omitió mencionar el hecho de que en 1989 fue llevado a los tribunales por violar a una niña de quince años. Las risas y la falta de formalidad en el plató son una muestra clara de cómo huimos de la memoria y de cómo la sociedad ha normalizado este tipo de comportamientos.
El segundo caso, aunque no tuvo la misma repercusión mediática por tratarse de una persona desconocida, es igualmente alarmante. Alexander Peña Henríquez alega no recordar su conversación con una intermediaria de servicios sexuales, a quien solicitó una niña de tan solo ocho a diez años de edad. Un periodista, en una demostración de complicidad masculina, le ayudó a montar la historia de la burundanga como una excusa para justificar su perversa fantasía.
Aunque el caso de Peña Henríquez ha generado críticas por parte de algunos usuarios en las redes sociales, la confesión de Polonia sobre su relación con una efebo y su explicación de por qué le gustan las mujeres jóvenes ha desencadenado una ola de simpatía por parte de los hombres. Polonia es considerado un ícono de la masculinidad dominicana y sus gustos sexuales, que son tipificados como delito por las leyes dominicanas, son celebrados y legitimados por muchos.
Este tipo de actitudes solo refuerzan la cultura de la violación que existe en nuestro país. La depredación sexual es vista como una medalla de honor y no como una afrenta. Las confesiones de Polonia son tratadas como parte del folclor y como una ventaja del hombre dominicano en el dominio donde se define la hombría: la hipersexualidad convertida en una seña de identidad. Incluso se podría decir que se ha convertido en una marca país, según lo vería un mercadólogo.
Pero detrás de esta cultura de la violación, hay un daño irreparable que se le causa a las víctimas. Aunque ellas puedan intentar seguir adelante con sus vidas, nunca olvidarán lo que les sucedió. El abuso sexual deja una marca en su cuerpo y su intimidad, la cual debe ser respetada, ha sido vulnerada de manera irreparable. Además, las víctimas suelen ser revictimizadas repetidamente, lo que agrava aún más su sufrimiento.
Como bien apunta Sohaila Abdulai, a veces es difícil para la gente entender el dolor y la humillación que conlleva el abuso sexual, aunque intelectualmente puedan comprender que los hombres pueden forzar a las mujeres. Los aplausos y la simpatía hacia Luis Polonia lo demuestran claramente.
Es hora de que la sociedad dominicana deje de naturalizar y celebrar este tipo de comportamientos. Es hora de que seamos conscientes de que el abuso sexual es un delito y que debe ser castigado con todo el peso de la ley. Es hora de que se respete la vida privada de las personas, pero también es hora de que se entienda que la conducta privada no está por encima de las normas sociales que rigen nuestra convivencia.
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