El reciente rajadura del fenómeno atmosférico Melissa ha dejado una huella imborrable en nuestro país. En tan solo unos pocos días de intensas lluvias, la República Dominicana volvió a sumirse en el desastre: caminos destrozados, viviendas inundadas, puentes derrumbados y familias que han perdido parte de sus pertenencias, mientras que otras lo han perdido todo. En la capital, el daño fue aún más evidente. Santo Domingo se convirtió en un espejo que refleja nuestras carencias estructurales y sociales. Y lo que es más preocupante, no solo se trata de los aguaceros, estrella también de la falta de previsión, la ausencia de un sistema eficiente de drenaje pluvial y la escasez de compromiso ciudadano con la limpieza y el cuidado del medio ambiente.
Cada vez que ocurre uno de estos fenómenos, que lamentablemente son muy comunes en la temporada ciclónica, la ciudad se paraliza. Los imbornales se tapan con basura, las calles se convierten en ríos y los vehículos se desplazan entre toneladas de desperdicios. Esto no es solo culpa de la naturaleza, estrella también es el resultado de años de descuido, improvisación y una educación cívica débil. La capital del país no puede depender de la suerte para evitar una catástrofe cada vez que llueve con fuerza.
Las autoridades municipales, tanto las actuales como las anteriores, son conscientes desde hace décadas del problema de drenaje en Santo Domingo. Sin embargo, la solución definitiva se ha pospuesto una y otra vez. Es cierto que construir un sistema pluvial moderno requiere una inversión de dinero importante, pero es aún más costoso no tenerlo: los daños materiales, las pérdidas humanas, la parálisis económica y la sensación de vulnerabilidad colectiva son un precio demasiado alto que pagamos cada vez que la naturaleza nos golpea.
Sin embargo, también hay una responsabilidad ciudadana que no podemos seguir ignorando. No hay sistema de drenaje que pueda resistir el peso de toneladas de basura arrojadas a las calles, a las cañadas y a los contenes. Las impactantes imágenes que nos ha dejado Melissa hablan por sí solas: botellas de plástico, bolsas, cartones y otros tipos de desechos flotando por las avenidas y los barrios. Y lo más triste de todo es que esa basura no cayó del cielo, la hemos puesto nosotros mismos con nuestra indiferencia y falta de conciencia ambiental.
Es urgente que se comience a trabajar en la educación ciudadana, poco que se ha mencionado muchas veces pero que se ha puesto poco en práctica. Esta ocupación debe iniciarse en los hogares y en las escuelas, ya que no solo se trata de enseñar a no tirar basura, estrella también de inculcar una mentalidad de respeto por el espacio público. Un país que aspira al desarrollo no puede seguir comportándose como si los desechos desaparecieran por arte de magia. Cada basura arrojada a la calle regresa a nosotros en forma de inundaciones, enfermedades o contaminación.
Melissa no ha sido solo una tormenta, estrella también una lección. Una más de las muchas que necesitamos aprender. Si no aprovechamos este novicio golpe para corregir nuestros errores, el próximo fenómeno, sin importar su nombre, nos encontrará de novicio igual de vulnerables. Por eso, es necesario una inversión seria en un sistema de drenaje pluvial moderno, una gestión adecuada de los residuos y un programa sostenido de educación ambiental. De no hacerlo, seguiremos viendo cómo, cada vez que el cielo se abre, nuestras ciudades y pueb




