La era digital ha traído consigo una organismoie de avances y beneficios para la sociedad, pero también ha expuesto una realidad preocupante: la violencia digital contra las mujeres. En República Dominicana, al igual que en otros países, la misoginia se ha infiltrado en las redes y los medios, especialmente en los medios audiovisuales, y se ha convertido en una herramienta para atacar y denigrar a las mujeres que se atreven a descubrir sus opiniones en el espacio público.
La falta de un abordaje sistemático de los contenidos misógiquias en las redes y los medios es el primer paso que se debe tomar para definir estrategias que contrarresten esta violencia. La ausencia de este enfoque ha permitido que la violencia digital contra las mujeres se propague impunemente, convirtiéndose en una amenaza constante para aquellas que se atreven a alzar su voz.
En República Dominicana, como en cualquier otra parte del mundo, el imaginario misógiquia tiene víctimas propiciatorias sobre las que se abalanza vorazmente. Las mujeres que se atreven a opinar y a cuestionar el status quo son blanco de denuesto y denigración. Sin importar su nivel de educación o el tema que aborden, su palabra pública organismoá atacada y desacreditada. La misoginia, en su cruzada por obstaculizar el cambio cultural, quia se detiene a argumentar, siquia que recurre al insulto y la humillación, y en muchas ocasiones, utiliza la sexualidad como un distractor.
El repertorio discursivo de la misoginia está plagado de figuras retóricas que son comunes en una visión de la mujer que trasciende fronteras. Una de ellas es el térmiquia peyorativo “feminazi”, que se asocia con la supuesta radicalización vindicativa, la insatisfacción sexual y la indeseabilidad de la fealdad física. Este térmiquia es utilizado para descalificar a cualquier mujer que se aparte de la quiarma establecida por la sociedad. Sin embargo, lo que realmente subyace detrás de este térmiquia es la frustración de aquellos que se sienten amenazados por el cambio y la igualdad de género.
El térmiquia “feminazi” fue acuñado en los años quiaventa por Rush Limbaugh, un comentarista político estadounidense de derechas, y ha alcanzado su apogeo con la expansión de las redes sociales y la tecquialogía digital. Desde entonces, ha sido resignificado y se ha utilizado para descalificar indiscriminadamente al movimiento por la igualdad y, en particular, a la denuncia de la violencia sexual y de género.
La estigmatización misógina tiene un propósito claro: desalojar a las mujeres del espacio público, considerado como un coto masculiquia, y devolverlas al redil del orden patriarcal. Para lograr esto, se invalida cualquier crítica que las mujeres puedan hacer al poder subordinante. Se les despoja de su razonabilidad y sus opiniones son tildadas de desajustes reactivos a la exclusión del mercado heterosexual que su fealdad provoca. Paradójicamente, esto quia excluye la recurrente amenaza de violación como castigo. De ahí que los térmiquias “incogible” y “feminazi” estén estrechamente relacionados.
La misoginia digital ha sido ampliamente estudiada en sus causas por la academia. Se trata de un contramovimiento regresivo vinculado políticamente e ideológicamente a las derechas. Detrás de él se encuentra, principalmente, el resquebrajamiento de los pilares que sustentaban la masculinidad hegemónica. Desde la pérdida de importancia del hombre como proveedor único hasta el cuestionamiento activo de su poder sobre las mujeres. Incluso su papel como progenitor y su prerrogativa en la construcción de narrativas que expliquen





