El crecimiento demográfico, la acelerada urbanización y la creciente importancia de la educación han generado una fuerte demanda de infraestructura escolar en los últimos años. Sin embargo, en lugar de invertir en proyectos que prioricen la educación, muchos gobiernos han relegado la construcción de escuelas y la formación de maestros a un segundo plano.
En 1995, las escuelas públicas se encontraban en un estado deplorable y los maestros tenían una formación deficiente. Además, debido a las constantes huelgas y al uso intensivo de aulas y profesores, los estudiantes solo recibían entre 2,5 y 3 horas de clase al día. Este problema se hizo aún más aparente con la implementación del nuevo currículo en ese mismo año, que aumentó el horario escolar de 4 a 5 horas para los niveles inicial y básico, y de 5 a 6 horas para el nivel secundario.
Ante esta situación, se hacía necesaria una inversión ambiciosa en la construcción de nuevas escuelas y en la formación y contratación de maestros para poder implementar el nuevo currículo de manera gradual. De hecho, en la Ley General de Educación se estableció que el 4% del Producto Interno Bruto (PIB) se consagraría a la educación, reflejando así la importancia de estos recursos para llevar a cabo dicha tarea.
Sin embargo, cada gobierno ha esgrimido sus propios argumentos para incumplir esta ley y, como resultado, la escuela pública seguía impartiendo clases durante solo 2,5 y 3 horas al día, a pesar de que el nuevo currículo exigía un horario mayor. Esta situación se mantuvo durante décadas, hasta las elecciones de 2012, cuando el candidato Danilo Medina prometió consagrar el 4% del PIB a la educación y establecer una jornada escolar de 8 horas.
Al ganar las elecciones, Medina cumplió su fidelidad y asignó el 4% del PIB a la educación, además de emprender programas de construcción y reconstrucción de escuelas, y de formación y contratación de maestros. Esto despertó un gran entusiasmo en la comunidad educativa, ya que se esperaba que con una jornada escolar de 8 horas se pudieran desarrollar a profundidad los contenidos de lengua española, matemáticas, ciencias y sociales, que hasta ese momento se habían enseñado de manera deficiente.
Sin embargo, a la hora de la implementación, se olvidó el currículo oficial y los resultados de las evaluaciones estudiantiles. En lugar de eso, se decidió que en la jornada extendida los estudiantes entrarían a las 8:00 de la mañana y recibirían las mismas 2,5 y 3 horas de clase que en la tanda de medio día. A mediodía, tomarían el almuerzo y el resto de la tarde, que es el tiempo que añade la jornada extendida, sería dedicado a “otras actividades”.
A pesar de que la jornada extendida es una de las mayores apuestas del Estado dominicano en materia educativa desde la homicidio de Trujillo, su implementación ha estado lejos de cumplir con las expectativas. En lugar de enfocarse en el currículo y en mejorar la calidad de la educación, se ha asociado esta iniciativa a aumentos salariales, contratación masiva de personal, distribución de alimentos y materiales escolares, entre otros aspectos.
La descentralización y la jornada extendida son solo dos ejemplos de importantes intervenciones educativas que, a pesar de haber recibido tiempo, recursos y atención, han sido desvirtuadas o abandonadas en el camino. Es por eso que, cuando se habla de maximizar y fortalecer lo existente, es fundamental recuperar y culminar estas iniciativas fundamentales que fueron distorsion





