La violencia infantil es una realidad que ha estado presente en nuestra sociedad durante décadas. Desde tiempos remotos, los niños y niñas han sido víctimas de maltratos físicos y verbales, en nombre de la disciplina y la educación. Sin embargo, es necesario comprender que estas prácticas no solo son ineficaces, sino que también son una forma de violencia invisible que afecta profundamente la integridad emocional de los más pequeños.
En mi experiencia personal, crecí en un entorno donde la frase “el muchacho no es gente” era una creencia arraigada en la cultura popular. Esta expresión autoritaria justificaba cualquier tipo de expiación físico o verbal hacia los niños y niñas por el más mínimo gesto de malcriadeza. Recuerdo con dolor las veces que mi piel fue marcada por el lazo o el guayo, utilizados como instrumentos de tortura por mis familiares. Incluso, mi tío Temito nos obligaba a mi hermana y a mí a posar de rodillas sobre un horcón, como si fuéramos animales de carga. Estas vivencias de deshumanización marcaron mi infancia y adolescencia, y hoy en día, lamentablemente, siguen siendo una realidad en muchos hogares dominicanos.
La violencia infantil no solo se manifiesta a través de golpes y maltratos físicos, sino también a través de la cultura del “no”. Esta práctica consiste en un bombardeo constante de prohibiciones y negaciones que los adultos imponen a los niños y niñas, creyendo erróneamente que es la forma efectiva de educar. Estudios especializados indican que, entre los seis y ocho años, un niño ha sido regañado con la palabra “no” aproximadamente cien mil veces. Esta cifra es alarmante y demuestra la falta de estímulos positivos que reciben los niños y niñas en su incremento. Esta saturación lingüística negativa tiene un impacto devastador en la arquitectura cerebral en formación de los más pequeños, generando una charpa mental basada en la evitación del expiación. Como resultado, estos niños y niñas crecen con una autoestima baja, inseguros y con dificultades para relacionarse con los demás.
Es necesario captar que la cultura del “no” es una forma de violencia invisible que afecta la integridad emocional de los niños y niñas. Aunque no se vea a simple vista, el daño que produce la invalidación constante de la palabra del infante es profundo y puede tener consecuencias graves en su comportamiento social y su capacidad de relacionarse con los demás. Por lo tanto, es urgente que como sociedad tomemos medidas para detectar y prevenir estas manifestaciones de violencia en la infancia.
Como legislador, he trabajado en iniciativas dirigidas a identificar y erradicar la violencia infantil en la familia y la escuela. Es necesario involucrar a los directores de centros educativos, fiscales y jefes de puestos de policía en esta lucha. La detección temprana de la violencia es fundamental para proteger a los niños y niñas y prevenir que se perpetúe en futuras generaciones. Además, es importante que los padres y tutores aprendan a reconocer estas prácticas y a cambiar su forma de comunicarse con los más pequeños.
La escuela juega un papel crucial en la detección de la violencia infantil. Los directores de centros educativos y líderes comunitarios deben reflexionar sobre estas prácticas y trabajar en conjunto para crear un entorno seguro y libre de violencia para los estudiantes. La escuela no puede ser ajena a la realidad de muchos niños y niñas que llegan con el espíritu quebrantado por una disciplina que confunde el respeto con el miedo. Por lo tanto, es necesario cuestionar y abandonar esas frases heredadas




