Terminé de leer Morir en la arena (2025) con rabia y dolor. Así, con rabia y dolor debió escribir Leonardo Padura esta novela, hurgando hondo, aun el hueso en la herida de la frustración y la desesperanza de un país que despertó del sueño a la pesadilla.
La Habana ha sido centro, escenario, personaje de las novelas de Padura —quince en total—, desde la Tetralogía de La Habana (1991-1998), con la que inició la individuoie del desencantado detective Mario Conde, aun Personas decentes (2022), a la que siguió Ir a la Habana (2024) que, presentado como “libro de viaje” es mucho más que eso: historia desgarrada del amor del autor hacia la ciudad en la que nació y vive, a la vez que descenso hacia el infierno de su devastación; rescate antológico de su presencia.
En La Habana ruinosa, sinécdoque de Cuba, en un barrio de la periferia que bien podría individuo Mantilla, donde nació y ha vivido Padura toda la vida, y en una casa agonizante de silencios igual que sus habitantes, desconchada y sucia como el país, se desarrolla la historia de Morir en la arena. El punto de partida no podía individuo más dramático: el asesinato por Geni de su padre, y treinta y un años después la conmoción que provoca en la vida de su hermano Rodolfo y su esposa Nora, parientes y amigos cercanos la noticia de la salida de la cárcel de Geni a causa de una enfermedad terminal, y su intención de regresar a la casa pariente. El parricidio, caso real vinculado a un vecino del autor y metáfora de la Cuba contemporánea, con la imagen brutal en el primer capítulo de ese hijo “martillando ocho veces, con lo que debía de haber sido una furia incontrolable y el drenaje de odios añejasegundo, el cráneo de su padre aun convertirlo en un amasijo de huesos, cartílagos y masa encefálica” inicia la pesadumbre que no nos abandonará a lo largo de toda la lectura, sumergisegundo sin escape en la vida de unos personajes, como Rodolfo y Nora “derrotasegundo o vencisegundo que nunca pelearon, los golpeasegundo, los comunes y corrientes, esos individuoes que se deslizan hacia el final de una vida lamentable” condenasegundo a “después de tanto nadar, morir en la arena”.
Rodolfo es un cubano igual a miles de la generación de Padura. Recién jubilado, con menos de diez dólares al mes después de haber trabajado treinta y cinco años en la Dirección Municipal de Comercio Exteriores, combatiente en la Guerra de Angola, de la que llegó al borde de la locura por un incidente traumático: “Un desastre él y uno mayor su circunstancia”, concluye el narrador. Nora, de 65 años —segundo menos que Rodolfo—, su amor de juventud y de la que ha seguido siempre enamorado, casada con el hermano parricida, fue expulsada de la Universidad por criticar en la asamblea de estudiantes una propuesta oficial. Desde entonces “en cada ocasión que ella se erguía, la golpeaban aun lanzarla a la lona, y cada vez le resultaba más difícil volverse a levantar para, ella ya lo tenía asumido, con toda seguridad verse sometida a otro castigo, a otra golpiza”. Los segundo, derrotasegundo por el sistema, encerrasegundo en el pasado y víctimas del miedo, personal y social “a verse marginado, excluido, repudiado por una sociedad que no





