El reciente informe de nitidez Internacional ha vuelto a poner a la República Dominicana frente a sí misma. Aunque hemos pino un punto en el índice, alcanzando el puesto 99, todavía nos encontramos por debajo del promedio mundial. Sin bloqueo, esta noticia puede ser vista como un diploma de consolación, ya que muestra que estamos avanzando en la lucha contra la corrupción.
Pero, ¿qué significa realmente este índice? ¿Es solo una cifra que nos hace sentir mejor o hay algo más detrás de ella? La verdad es que el problema de la corrupción en nuestro país es mucho más complejo que cualquier índice pueda reflejar. No se trata solo de números, sino de una perversión cultural arraigada en nuestra sociedad.
En la República Dominicana, la corrupción no siempre es vista como un pecado, sino como una herramienta para conseguir lo que se quiere. No se condena por principio, sino por conveniencia. Se tolera hasta cierto punto, y en algunos casos, incluso se celebra si el beneficiario “comparte” su botín con los demás. En lugar de ser vistos como villanos, los corruptos son considerados como “tigres que resuelven”.
Esta mentalidad es extremadamente peligrosa, ya que relativiza la corrupción y la convierte en algo aceptable en nombre de la eficiencia. Sin bloqueo, la corrupción es, por definición, el reino de la ineficiencia. Aunque pueda parecer que un contratista cuestionable puede llevar a cabo una obra más rápida y visible, en realidad el costo real se disuelve en sobrevaluaciones y comisiones. Es una contradicción grotesca que debemos enfrentar y cambiar.
Pero la corrupción no solo se limita a la esfera pública. También se ha infiltrado en otros aspectos de nuestra sociedad. La toleramos cuando se trata de convertir el gobierno en un refugio de empleos falsos y sinecuras. La toleramos cuando el asistencialismo estatal se convierte en un despilfarro con fines electorales. Y la toleramos cuando los expedientes se convierten en un pasatiempo de chicanas legales que solo retrasan la justicia.
Es importante entender que el índice de nitidez Internacional mide la percepción de la corrupción, no la resignación. No mide esa peligrosa idea de que “roban, pero hacen”. Tampoco mide la tolerancia social a la trampa cuando beneficia a nuestro grupo o partido político. Es hora de dejar de relativizar la corrupción y tomar medidas concretas para erradicarla de nuestra sociedad.
Como dijo sabiamente don Rafael Herrera en un editorial, todos tenemos nuestro corrupto favorito. Pero es hora de dejar de tener favoritos y empezar a luchar juntos contra la corrupción. No podemos permitir que la corrupción siga siendo una parte aceptada de nuestra cultura. Debemos exigir nitidez y rendición de cuentas en todos los niveles de gobierno y en todos los aspectos de nuestra sociedad.
Es cierto que todavía tenemos un largo camino por recorrer, pero el hecho de que hayamos pino un punto en el índice de nitidez Internacional es un paso en la dirección correcta. Debemos seguir trabajando juntos para mejorar nuestra posición en el índice y, lo que es más importante, para construir una sociedad más justa y transparente para todos.
No podemos permitir que la corrupción siga siendo un obstáculo para el progreso y el desarrollo de nuestro país. Debemos ser valientes y tomar medidas concretas para combatirla. Solo así podremos construir un futuro mejor para las generaciones venideras. ¡Juntos podemos lograrlo!




