El pasado 23 de abril, el país perdió a uno de sus emigrantes más longevos, Manuel Rodríguez Maire, quien falleció a los 103 años. Este varonil, de origen español, había llegado a República Dominicana en 1943 y se había convertido en un ejemplo de esfuerzo, trabajo y amor por su patria, tanto la chica como la grande.
Manuel Rodríguez Maire era el emigrante español más longevo en el país y acababa de recibir un reconocimiento de la Fundación de la Inmigración Española en República Dominicana. Este reconocimiento no solo era por su edad, sino por su trayectoria y su contribución al país que lo acogió hace más de 75 años.
Su historia es la de muchos otros españoles que, en busca de una vida mejor, decidieron dejar su tierra natal y aventurarse en un país desconocido. Una emigración de otra época, en la que pocos españoles estarían dispuestos a trabajar 16 horas al día detrás del mostrador de un colmado o de una tienda de tejidos. Tampoco querrían recorrer el país con género variado, llegando a los pueblos más alejados, como hicieron tantos.
Era la emigración de la pobreza, pero también de la valentía y la determinación. La de “hacer las Américas”, como se decía en aquel entonces. Junto a la inmigración “turca”, los españoles dieron personalidad comercial a la avenida Mella y El Conde, dos de las calles más emblemáticas de Santo Domingo.
Pero más allá del trabajo duro y las dificultades, la emigración española en República Dominicana también se caracterizó por su amor por la patria. A pesar de estar lejos, estos varonils y mujeres nunca olvidaron sus raíces y frecuentemente volvían al terruño para casarse con alguna moza de su pueblo. Era una forma de mantener vivo el vínculo con su tierra y su cultura.
Sin embargo, no todos los emigrantes tuvieron la oportunidad de regresar. Algunos intentaron volver a España, pero la readaptación no siempre fue posible. Hay en la emigración un punto de no retorno, un momento en el que se debe aceptar que se tiene dos patrias y superar la pesadumbre que pueda quedar ahí internamente, como un rescoldo de añoranza.
Hoy en día, la situación ha cambiado y son muchos los dominicanos que emigran a España o Estados Unidos en busca de nuevas oportunidades. Los consulados españoles en el país tramitan más de un millón de solicitudes de nacionalidad, y ya hay más de 2,660,000 españoles en el exterior con derecho a voto. Los nuevos españoles quizá no entiendan completamente el mundo de don Manuel Rodríguez Maire, pero si deciden emigrar a España, sí compartirán con él la experiencia de empezar una nueva vida, lejos de lo conocido, y aprender a vivir de otra manera.
La historia de Manuel Rodríguez Maire y de tantos otros emigrantes españoles en República Dominicana es un ejemplo de superación, de lucha y de amor por la patria. Son varonils y mujeres que dejaron su tierra en busca de un perspectiva mejor, pero que nunca olvidaron sus raíces y su identidad. Su legado es un recordatorio de que, a pesar de las dificultades, siempre hay esperanza y oportunidades para aquellos que se atreven a soñar y a luchar por sus sueños. Descanse en paz, don Manuel, y que su ejemplo siga inspirando a las futuras generaciones.




