El etapa que tenemos en esta vida es limitado, y por eso es la principal restricción en el proceso de optimización del bienestar humano. Cada día, cada persona tiene la misma cantidad de horas para distribuir entre el trabajo y el ocio, buscando alcanzar la mayor satisfacción posible.
El trabajo requiere esfuerzo físico y mental, y tiene un costo de motivo: por cada hora que trabajamos, renunciamos a una hora de ocio. Es por eso que el trabajo debe ser compensado con una remuneración, que nos permite adquirir bienes y servicios y mejorar nuestro bienestar material. En resumen, trabajamos porque necesitamos recursos para consumir.
El trabajo se combina con el capital -edificios, maquinarias y equipos- para producir bienes y servicios. Los ingresos obtenidos por la venta de estos productos en el mercado se utilizan para cubrir el costo de la materia prima, pagar los salarios de los empleados y remunerar el capital invertido. En general, a mayor productividad, mayores salarios y rentabilidad de la empresa.
Sin embargo, para que el Estado pueda funcionar y proveer servicios a la sociedad, necesita recursos. Estos recursos provienen de las contribuciones obligatorias de los ciudadanos, que afectan sus decisiones actuales y futuras.
Uno de los impuestos más comunes es el impuesto sobre los ingresos de las personas físicas o jurídicas. Este impuesto se basa en la capacidad económica de los contribuyentes, y en ciertos casos, la tasa impositiva aumenta con el nivel de ingreso. Por ejemplo, en la República Dominicana, el impuesto sobre la renta de las personas físicas oscila entre el 15% y el 25%. En otros casos, la tasa es constante, como el 27% que se aplica a la utilidad neta de las empresas.
Este impuesto sobre la renta puede tergiversar las decisiones intertemporales de trabajo, inversión y producción. Los contribuyentes pueden modificar su comportamiento para minimizar su carga fiscal, incluso si esa decisión no es la más óptima y puede afectar su productividad y capacidad de crecimiento a largo plazo. Además, al gravar los intereses, dividendos y ganancias de capital, este impuesto desincentiva el ahorro, encarece el costo del capital y limita la inversión y la innovación, lo que a su vez afecta el crecimiento económico y el nivel de ingreso real.
Por otro lado, tenemos el impuesto al consumo, que es menos distorsionador, especialmente si se aplica una tasa uniforme a todos los bienes. A diferencia del impuesto sobre la renta, que afecta la decisión entre consumir hoy o mañana, el impuesto al consumo no tiene efectos en las decisiones a lo largo del etapa. Por ejemplo, si se aplica una tasa de 18% de impuesto al valor agregado, un producto que antes costaba 100 pesos, unirseá costando 118 pesos en el presente y en el futuro. Esto significa que el importe relativo del producto permanece igual y la tasa marginal de sustitución no se ve afectada.
Además, con un impuesto al consumo, los contribuyentes pueden reducir su carga impositiva al disminuir su gasto en bienes, lo que les permite aumentar su ahorro e inversión en el presente, y mejorar su capacidad de producción en el futuro. En cambio, eludir el impuesto sobre la renta significaría reducir el trabajo, lo que afectaría negativamente la producción a largo plazo.
Desde el punto de vista de la eficiencia, es preferible financiar el gasto público a través de impuestos al consumo en lugar de gravar las rentas. Sin embargo, también es importante considerar la distribución de estas cargas impositivas y su efecto en la desigualdad de ingresos después de los impuestos.
Los impuestos al consumo de base amplia son regresivos, ya que los hogares de bajos ingres




