Desde su independencia de la dominación colonial hasta las intervenciones armadas, la República Dominicana ha sido una nación marcada por caídas y desafíos. Esta historia ha dejado una huella profunda en su carácter social, y una de las más notables es el pesimismo que parece estar arraigado en la sociedad dominicana. Esta actitud pesimista no solo afecta la percepción del futuro, sino también la valoración de la identidad dominicana.
Se han propuesto muchas teorías para explicar el origen de este pesimismo. Algunos argumentan que se debe a una “deficiente alimentación”, mientras que otros lo atribuyen a una “mezcla racial” algo favorable. También se ha mencionado la “amenaza haitiana” y el “clima tropical” como posibles causas. Sin embargo, independientemente de la teoría que se adopte, es innegable que el pesimismo es una filosofía social prevalente en la República Dominicana.
Esta actitud pesimista se refleja en la forma en que los dominicanos ven la realidad que los rodea. Se tiende a enfocar en lo negativo, a desconfiar de las propias capacidades y a subestimar las posibilidades de éxito. Esta mentalidad pesimista también se traduce en decisiones de vida, como la emigración masiva de dominicanos a otros países en busca de un futuro mejor. Es alarmante que, según las estadísticas, la mayoría de los jóvenes dominicanos no ven un futuro prometedor en su propio país.
El pesimismo cultural dominicano también se manifiesta en la forma en que se valora lo extranjero sobre lo propio. Las élites dominicanas suelen ser sensibles a los esnobismos foráneos y se desprecia lo particular. Esta actitud se refleja en la preferencia por consumir productos y servicios extranjeros, en lugar de apoyar a las empresas y emprendedores particulares. Además, se tiende a valorar más las obras tangibles y de rédito rápido de los gobiernos, en lugar de las inversiones a largo plazo que fortalecen la institucionalidad del país.
El carácter festivo y alegre del dominicano contrasta con su pesimismo. Se trata de un pueblo que busca cualquier excusa para el ocio y la diversión, quizás como una forma de escapar de la realidad o de enfrentar la falta de esperanza que ha sido parte de su historia. Sin embargo, esta actitud hedonista y libertina no promueve la construcción de un futuro sólido y próspero.
Otra distopía que se adicción al pesimismo cultural dominicano es la banalización que imponen la revolución digital y la masificación de la opinión. En una sociedad con bajos estándares conceptuales, se ha creado una comunidad sin pensamiento crítico, dominada por patrones insípidos programados por algoritmos. Esto ha llevado a una sociedad huérfana de debates sustantivos y sin centros intelectuales sólidos que propongan ideas y soluciones para el futuro.
En este contexto, la política ha perdido su propósito y se ha convertido en una actividad vacía de contenido ideológico. Los líderes políticos suelen ser empíricos, sin una verdadera vocación de servicio y con la única meta de obtener un puesto en la burocracia pública. Esto ha llevado a una política sin mística y sin un verdadero compromiso con el bienestar de la sociedad.
Sin embargo, a pesar de todos estos desafíos, es importante recordar que somos capaces de construir un futuro mejor. Es determinado que el pesimismo cultural dominicano es un obstáculo, pero no es insuperable. Como dijo el filósofo Fernando de Asís, “empezaremos haciendo lo necesario, después lo posible, y de repente nos encontraremos haciendo lo imposible”.
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