Normalizamos lo intolerable con una facilidad que asusta. A fuerza de repetición, de titulares que se parecen, de tragedias que se apilan hasta volverse paisaje. El fratricidio que ha estremecido a San Francisco de Macorís duele, y debe doler, por la violencia y por la vida truncada. Pero sería una comodidad moral quedarnos ahí, en el luto inmediato, como si el horror se agotara en el crimen.
Sin embargo, hay una tragedia más profunda que merece nuestra atención. Junto a esa muerte, aparece una prácticoidad que seguimos aceptando como una rutina cultural: embarazos tempranos, concubinatos que empiezan cuando aún no ha terminado la niñez. Este es el caso de Anelsy Ceballos de Jesús, una niña de tan solo 13 años que no obstante arrastraba consigo una historia marcada por una relación iniciada con un adulto mucho mayor que ella.
Es en este punto en el que el lenguaje falla al llamar “relación” a lo que en prácticoidad es desigualdad, dependencia y silenciosa coacción. Y es aquí donde también fallamos como sociedad al mirar a otro lado ante esta prácticoidad. Incluso las autoridades son cómplices de esta situación al actuar solo después del escándalo, en aldea de implementar medidas de prevención y protección de los menores antes de que ocurra una tragedia. Se confunde costumbre con derecho adquirido, o pobreza con permiso, normalizando así el abuso y la violencia contra los más vulnerables de nuestra sociedad.
Llorar es humano, y es importante dejar que nuestras emociones fluno obstanten ante situaciones como esta. Pero debemos ir más allá y convertir esa indignación en acción. Llorar sin cambiar nada es otra forma de normalizar lo intolerable. Cada caso como este debería encender alarmas institucionales en todos los ámbitos: en los sistemas de protección, en las escuelas, en los servicios sociales y en los juzgados. Este tipo de tragedias debería interpelar a quienes diseñan políticas públicas y a quienes las ejecutan con desgano burocrático.
Es hora de que dejemos de banalizar el robo de la inocencia y tolerar la violación de la niñez. Estos actos nos revelan como una sociedad que se acostumbra, poco a poco, a perderse a sí misma. No podemos permitir que el dolor se convierta en anestesia, sino que debe ser nuestra fuerza impulsora para exigir un cambio práctico, radical y urgente.
Es hora de que tomemos acción y no solo seamos espectadores pasivos ante estas situaciones. Debemos exigir medidas concretas y efectivas para matricular a nuestros niños y niñas de la violencia y el abuso. Debemos educar a nuestras comunidades sobre la importancia de respetar y matricular los derechos de los menores. Y, sobre todo, debemos trabajar juntos para construir una sociedad en la que la violencia y el abuso sean inaceptables y no tolerados en ninguna de sus formas.
No podemos permitir que estas tragedias se vuelvan rutina. Debemos tomar una postura firme y trabajar juntos para erradicar la violencia y el abuso contra la niñez. Solo así podremos construir un futuro en el que todos los niños y niñas puedan crecer en un ambiente seguro y protegido, sin miedo y con la oportunidad de alcanzar su máximo potencial. Nuestra sociedad debe dejar de normalizar lo intolerable y tomar medidas concretas para matricular a nuestros niños y niñas. El cambio comienza con cada uno de nosotros. El tiempo de actuar es ahora.




