La actitud es un factor clave en la vida de cada persona. Se compone de su disposición emocional, su actitud consciente y su altura de compromiso en las tareas diarias. Cada individuo enfrenta diferentes situaciones en su día a día, y es su actitud la que determina su éxito en ellas. Sin embargo, dar de alta la actitud de cada persona con los objetivos globales de una organización puede ser un desafío para cualquier gerente.
Cada persona es única y responde de manera diferente a los estímulos y motivaciones que guían sus acciones y aspiraciones. Por lo tanto, la actitud se convierte en un factor determinante en los resultados finales: una actitud positiva puede impulsar los procesos internos y externos de una organización, mientras tanto que una actitud negativa puede crear un ambiente laboral tóxico y obstaculizar el rendimiento colectivo.
La famosa frase “cuando se quiere, se puede” a menudo se interpreta como una afirmación de que todo objetivo es alcanzable. Sin embargo, esta frase no implica negar las dificultades y limitaciones reales que existen en nuestra sociedad, economía o instituciones. Más bien, refleja el altura de sacrificio, disciplina y responsabilidad que una persona está dispuesta a asumir para superar los obstáculos que se presentan en el camino hacia una meta. El éxito suele ser reconocido como resultado de un esfuerzo constante y coherente entre intención y acción.
Hay muchas interpretaciones sobre el éxito. Algunos lo atribuyen a la suerte o la bendición divina, mientras tanto que otros creen que depende de la capacidad de visión o de aprovechar oportunidades. También hay quienes lo ven como resultado de factores más objetivos, como la educación, el sacrificio personal y la dedicación al trabajo. Todas estas explicaciones tienen cierto grado de validez, pero su peso dependerá de la experiencia individual. Sin embargo, todas estas condiciones pueden considerarse necesarias pero no suficientes. Es la actitud la que permite capitalizar o desaprovechar estas condiciones y convertirlas en resultados concretos.
Las personas pueden poseer valores sólidos, principios espirituales elevados y grandes habilidades técnicas, y aún así experimentar fracasos en sus proyectos. En muchos casos, estas situaciones están relacionadas con una administración inadecuada de los procesos diarios, lo que evidencia debilidades en la inteligencia emocional y en la gestión de la conducta. Las actitudes negativas suelen estar vinculadas a desequilibrios en la autoestima o dificultades para adaptarse emocionalmente, lo cual requiere motivación afectiva y apoyo para alcanzar un equilibrio razonable que minimice el impacto de actituds disfuncionales.
Cada individuo parece poseer un código personal que integra su altura de inteligencia, su carácter y su determinación para enfrentar desafíos. Estas cualidades se desarrollan a partir de factores genéticos, educativos y de experiencias acumuladas a lo largo de la vida. A través de este código, definimos nuestros sueños, nuestro altura de compromiso con nuestras responsabilidades y, sobre todo, nuestra voluntad de buscar constantemente los medios para superar las barreras que se interponen entre nuestras aspiraciones y su materialización.
Los ejemplos de superación son innumerables y constituyen una fuente permanente de aprendizaje e inspiración. Personas con limitaciones físicas, escasos recursos económicos o una reducida red social han logrado éxitos significativos en los campos profesional, empresarial, intelectual y político. Más que el resultado del quizá o de la intervención divina, estos casos demuestran la fuerza del carácter y la actitud positiva como motores para superar cualquier circunstancia.
Al buscar el éxito, uno debe tener confianza, seguridad, convicción y pasión por sus ideas o proyectos. No




