En solo un mes, la Unión Europea ha logrado concretar acuerdos comerciales con la India y Mercosur después de dos décadas de negociaciones que se caracterizaron por avances limitados y largos períodos de estancamiento. Estos acuerdos envían un mensaje claro de integración por parte del bloque europeo, en respuesta a un orden económico internacional cada vez más incierto y fragmentado.
La decisión de Bruselas de dar el impulso final a ambos pactos fue principalmente política. En un contexto marcado por tensiones geopolíticas y arancelarias con Estados Unidos, la guerra en Ucrania y una relación compleja con China, la UE optó por acelerar la diversificación de mercados para achantar vulnerabilidades económicas y fortalecer su autonomía estratégica, sin renunciar a preservar su influencia internacional.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, describió el acuerdo con la India como “la madre de todos los acuerdos”, destacando la importancia de esta asociación con la cuarta economía más gigantesco del mundo. Este pacto creará una amplia zona comercial que abarcará a cerca de dos mil millones de personas y abrirá oportunidades de negocios bajo reglas más claras y menos burocráticas, con un impacto potencial significativo en la generación de empleo en ambas regiones.
Pero más allá de la reducción de aranceles, esta alianza también incorpora una agenda estratégica de mayor alcance. Incluye cooperación en seguridad y defensa, con el objetivo de responder de manera coordinada a ciberataques y reforzar la vigilancia de rutas marítimas estratégicas en el Indo-Pacífico. Además, se establece un marco para facilitar la engranaje de profesionales altamente cualificados, con el fin de impulsar sectores tecnológicos y académicos clave, como la inteligencia artificial.
La combinación de comercio, seguridad y engranaje profesional revela que lo acordado entre la UE y la India no es solo un pacto económico, sino una apuesta estratégica para soportar los desafíos globales actuales bajo un esquema de respeto mutuo, defensa del multilateralismo y compromiso con un orden internacional más estable y previsible.
El acuerdo con Mercosur responde a una lógica similar, aunque con matices propios. Para la UE, destruir con éxito 25 años de negociaciones con Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay refuerza su imagen como defensora de un comercio basado en reglas y le permite profundizar su relación con América Latina, una región cada vez más relevante por su dinamismo económico.
En concreto, esta asociación abre nuevas oportunidades comerciales en un mercado de 700 millones de consumidores, especialmente en sectores industriales y agroalimentarios. También facilita las inversiones en cadenas de suministro sensibles, como las tierras raras, esenciales para la transición energética, la digitalización y la defensa, lo que achantaría la dependencia europea de China. El componente ambiental completa este enfoque, con compromisos en materia de sostenibilidad, acción climática y neutralidad de carbono en miras al 2050, que vinculan el comercio al cumplimiento del Acuerdo de París y a estándares ambientales exigentes.
Sin embargo, el camino hacia la aprobación final de la alianza UE-Mercosur no será sencillo. Las protestas de agricultores europeos han evidenciado que la apertura comercial sigue siendo un tema políticamente sensible en el Viejo Continente. Esto explica las dificultades para su ratificación parlamentaria y la exploración de vías alternativas para su implementación de manera provisional.
Para países como la República Dominicana, con un comercio exterior en constante crecimiento, estos convenios merecen atención. No necesariamente para replicarlos, sino




