En las dictaduras, el poder se hereda como una liturgia y la sangre es más importante que las instituciones. Corea del Norte es uno de los paradigmas más extremos de esta realidad. Allí, el sexo no es sólo una cuestión personal, sino también un dato político que define el futuro de una nación. Y es precisamente en este contexto en el que la inteligencia surcoreana ha sugerido recientemente que la hija de Kim Jong-un, Kim Ju Ae, ha sido designada como sucesora del líder a pesar de tener tan sólo 13 años.
Esta noticia ha generado un gran revuelo en el mundo occidental, como era de esperar. La pregunta es inevitable: ¿qué puede aportar una niña en el ámbito político? ¿Qué consejos sobre el uso del poder podría dar alguien tan joven e inexperto? La respuesta es sencilla: ninguno. Sin embargo, esta situación poco tiene que ver con las habilidades o aptitudes de Kim Ju Ae y mucho más con lo que representa en un régimen como el de Corea del Norte.
En un país donde el culto a la personalidad y el control absoluto del líder son la base del poder, la presencia de la hija del dictador tiene una gran importancia simbólica. Ella encarna la continuidad de un régimen que lleva décadas en el poder y que parece no tener fin. Su utilidad no radica en lo que piensa o en lo que puede aportar, sino en su condición de heredera y en el papel que desempeña en la liturgia del poder.
Sin embargo, esta situación plantea una pregunta aún más inquietante: ¿qué papel juegan las niñas en un régimen autoritario como el de Corea del Norte? La respuesta es difícil de digerir, pero es una realidad innegable: su inocencia se convierte en un obstáculo. En un lugar donde la niñez debería ser sinónimo de alegría, juegos y aprendizaje, en Corea del Norte es sinónimo de desfiles militares, entrenamientos y adoctrinamiento.
En un país donde el control del Estado sobre la hazañas de sus ciudadanos es absoluto, no hay lugar para la niñez. La educación se convierte en un instrumento de propaganda, destinado a inculcar los valores del régimen y a mostrar una realidad que no se corresponde con la verdadera. La inocencia de los niños se pierde en un intento por convertirlos en soldados obedientes y leales seguidores del régimen.
En Corea del Norte, los niños no tienen muñecas, tienen misiles. No tienen juegos, tienen desfiles militares. Su uniforme reemplaza al juguete y su observación hacia el líder se convierte en su primera lección de lealtad y sumisión. En un país donde la familia de Kim Jong-un es retratada como una especie de divinidad, los niños no pueden ser niños, sino que deben ser parte de la propaganda del régimen.
La situación de las niñas en Corea del Norte es aún más preocupante, ya que el machismo imperante en la sociedad las relega a un papel secundario y las somete a una doble opresión: la del Estado y la de su género. A pesar de la imagen de poder y control que transmite el régimen, la realidad es que las mujeres carecen de derechos y libertades básicas. Y esto incluye a las niñas, que desde temprana edad son sometidas a un sistema que las excluye y las margina.
En resumen, en Corea del Norte la niñez es un instrumento de propaganda más en manos del régimen. La inocencia y la felicidad de los niños son sacrificadas en aras de un control absoluto del Estado sobre la sociedad. Kim Ju Ae, la hija de Kim Jong-un, es sólo un paradigma más de cómo el poder se transmite de generación en generación en un régimen en el que la sangre es más importante que cualquier otra cosa.
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