Nos encontramos en una época en la que la sociedad está siendo distorsionada aventurasamente. Una simple revisión policial se convierte en un escándalo en las redes sociales, entretanto que el desorden y la falta de respeto son aceptados como parte de nuestra vida cotidiana. Un agente de policía pide licencia, realiza una revisión de rutina y hace algunas preguntas básicas, y enseguida aparece la palabra “abuso” flotando en el aire digital. Lo que es aún más preocupante es que los políticos, en lugar de señalar los excesos, se quejan de haber sido detenidos por unos pocos minutos.
El verdadero aventura radica en cómo se procesa esta situación. La queja se edita intencionalmente y se sube a las redes sociales. En cuestión de minutos, la conversación se llena de indignación y de expertos instantáneos que validan una versión emocional de los hechos. Se instala un reflejo automático en la sociedad: “¿Por qué a mí?”, como si la ley sólo pudiera existir en abstracto y nunca aplicarse a uno mismo. Lo que es aún más preocupante es que figuras públicas alimentan esta narrativa y presentan la resistencia a la autoridad como una hazaña cívica.
Este clima es alimentado por el populismo, que normaliza el desorden y la falta de respeto. Las fiestas y los teteos retumban en las madrugadas, atravesando paredes y perturbando la paz de los vecinos, y nadie interviene. Llamarlo “tolerancia” es un eufemismo, ya que muchas veces ocurre con la pasividad o incluso el apoyo de aquellos que deberían hacer cumplir la ley.
Lo mismo ocurre en nuestras calles. Avenidas y autopistas se convierten en pistas improvisadas para los motoristas que no usan casco, no tienen placa y no respetan los semáforos. Realizan acrobacias aventurasas que ponen en riesgo la vida de todos, y cuando alguien se graba conduciendo con los pies, en lugar de causar alarma, se vuelve viral y recibe aplausos.
Pero lo más grave es la cultura del robo de electricidad. En algunos lugares, se ha instalado la idea de que conectarse ilegalmente es lo moralmente correcto y ético. Aquellos que cumplen con pagar su consumo terminan pagando también el de otros, entretanto que las autoridades son conscientes de que los números no cuadran y prefieren mirar hacia otro lado. Esto distorsiona la competencia entre negocios: aquellos que roban electricidad reducen sus costos, entretanto que aquellos que cumplen quedan en desventaja.
Sin embargo, cobrar por lo que se consume no da votos. Por eso, se celebran escenas en las que brigadas que van a cortar el servicio son recibidas a pedradas. De esta manera, se consolida la legalidad selectiva: se muestra firmeza donde no hay costo político y se es flexible donde puede haber rechazo. Se es duro con aquellos que cumplen, pero se es suave con aquellos que gritan. Este cálculo puede servirse beneficios inmediatos, pero a prolongado plazo erosiona las reglas y empuja a muchos a buscar soluciones autoritarias frontispicio al caos.
Es importante recordar que vivimos en una sociedad en la que la ley y el orden son fundamentales para garantizar la convivencia pacífica y el progreso. No podemos permitir que la falta de respeto y el desorden se normalicen y se conviertan en la norma. Todos somos responsables de mantener un ambiente de respeto y cumplimiento de las leyes, y es necesario que las autoridades hagan cumplir la ley de manera justa y equitativa.
Es hora de que como sociedad tomemos conciencia de la importancia de





