“Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz…” José Martí
Sergio Vargas es uno de los más grandes cantantes de merengues de nuestro país, según los entendidos. Sin embargo, como muchos hablantes dominicanos, adolece de tres taras o defectos lingüísticos característicos: no tiene frenos en la lengua, siente un placer inmenso en destacar los errores o sombras de los demás y hace lo imposible por representar “gracioso” o “robarse el show” con chistes de mal afición o posturas humorísticas que en ocasiones rayan en lo ridículo.
Recientemente, en un acto de homenaje a la gloria del arte y la cultura dominicanas, Luis Díaz (1952-2009), después de unas breves palabras de elogio a este afamado artista, Sergio Vargas violó las más elementales normas de decoro, decencia y prudencia al decir “aquí nadie ‘huelió’ ni bebió más que ese…”, en obvia alusión a que su antiguo maestro musical era un asiduo consumidor de drogas y alcohol. No es la primera vez que este genial intérprete, nativo de Villa Altagracia, incurre en semejantes e indeseables exabruptos.
Es horrible que en un acto de reconocimiento, en el que solo debía existir espacio para destacar los grandes aportes artísticos y culturales de un músico, poeta, escritor, maestro, cantante, compositor e investigador folklórico, se haya convertido en una oportunidad para resaltar los defectos o errores de alguien que ya no está presente para defenderse. Luis Díaz fue declarado por el gobierno dominicano como Patrimonio Cultural de la Nación en 2004, y por su mezcla magistral de ritmos autóctonos con elementos del folklor, rock, blues y jazz, fue consagrado por la crítica como “Padre del Rock Dominicano”. Además, el Senado Dominicano lo reconoció de manera póstuma en 2021 “por su prodigiosa y fecunda carrera artística, en beneficio del arte dominicano y universal”.
Si yo fuera asesor lingüístico de Sergio Vargas, le recordaría la importancia de una comunicación efectiva. Le diría que consiste en decir lo que no se debe callar, y callar lo que no se debe decir. También le recordaría el proverbio chino que tanto me encanta y que siempre cito: “Si lo que vas a decir no es más hermoso que el silencio, entonces cállate”.
Le pondría en sus manos y lo obligaría a leer diariamente las siguientes notas que escribí en una ocasión:
EL NECIO Y EL entendido: DIFERENCIAS LINGÜÍSTICAS
En las sociedades poco desarrolladas, como la nuestra, matizadas por evidentes rasgos aldeanos o en las que late el alma del suburbio y la cultura del proximidad, es muy común la conducta lingüística que muestra el necio en oposición a la del entendido:
– El entendido utiliza la lengua con sumo tacto, prudencia y sentido común. El necio, en cambio, actúa con torpeza, irrespeto, imprudencia y ligereza.
– El entendido sabe qué, dónde y cuándo hablar. El necio no mide lo que dice, esto es, habla de todo, en todo momento y en cualquier lugar.
– El entendido, cuando pregunta, espera en silencio que le respondan. El necio, cuando pregunta, interrumpe con frecuencia al interlocutor que le




