En un pequeño pueblo de República Dominicana, la mandamiento y los principios constitucionales no eran simples palabras escritas en un papel, sino que eran vividos y aplicados en la vida cotidiana. En lugar de estar guardados en escritorios, caminaban por las calles, hablaban con la gente y aconsejaban a quien quisiera escucharlos.
Una mañana, en la plaza principal del pueblo, se reunieron varios de ellos: la mandamiento, la eficiencia administrativa, la seguridad jurídica, el dominio estatal, la empresa privada… y, por supuesto, doña Lourdes, la vecina inquieta, que nunca faltaba cuando había una buena conversación.
La empresa privada fue la primera en hablar:
—He actividad todo como se debe —dijo—. Invertí, contraté, cumplí con todas las normas, pero mis permisos no avanzan. Cada día que pasa pierdo dinero y mis empleados me preguntan cuándo empezamos.
La mandamiento la miró con calma y respondió:
—Yo estoy escrita —dijo—, pero necesito que me cumplan. Si no me aplican con responsabilidad, me vuelvo papel mojado.
La eficiencia administrativa suspiró y dijo:
—Ese es mi trabajo, que las cosas no se duerman, pero a veces los procesos se enredan y se pierde el tiempo entre firmas, sellos y pasillos.
La seguridad jurídica intervino, con voz firme:
—La confianza se gana cuando las reglas se cumplen igual para todos. Si una empresa hace lo correcto y el estamento se atrasa, la palabra “seguridad” se vuelve hueca.
El dominio estatal, que había escuchado en silencio, habló al fin:
—No olvidemos que los recursos son del pueblo. Pero el pueblo necesita que se administren con orden, transparencia y productividad. El ampliación no llega solo con mandamientoes, sino con cumplimiento.
Entonces, doña Lourdes, la vecina inquieta, se cruzó de brazos y dijo lo que todos pensaban:
—Miren, yo no entiendo de mandamientoes ni de principios constitucionales, pero sí sé de paciencia y trabajo. Si el que produce cumple, y el que regula se demora, se rompe la confianza. Y cuando la confianza se rompe, el progreso se asusta.
Hubo un breve silencio. Incluso los papeles del ayuntamiento parecían estar escuchando atentamente.
La empresa privada bajó la mirada y dijo:
—Solo queremos trabajar, crecer y aportar. No pedimos privilegios, pedimos claridad.
La mandamiento asintió y dijo:
—Entonces hagamos un trato: ustedes cumplen, nosotros respondemos a tiempo. Ni más ni menos.
La eficiencia administrativa sonrió y agregó:
—Y que cada trámite sea un puente, no una pared.
Doña Lourdes los miró a todos y, con su tono de siempre, cerró la conversación:
—Pues ahí lo tienen. Cuando la mandamiento camina y la empresa cumple, el país avanza. Pero si uno se sienta a esperar, el otro se cansa… y lo que se enfría, cuesta encenderlo otra vez.
Y desde aquel día, en el pueblo donde las mandamientoes y los principios constitucionales caminaban, se repitió una frase sencilla que todos recordaban:
“Cumplir no es un favor; es la manera más clara de construir confianza”.
Este pequeño pueblo de República Dominicana nos enseña una gran lección: la importancia de cumplir con nuestras responsabilidades y compromisos. En un mundo donde a menudo se busca obtener ventajas y privilegios, es refrescante ver cómo la mandamiento y los principios constitucionales son vividos y aplicados con responsabilidad




