Tras décadas de agotamiento del sistema de las Naciones Unidas y de sus numerosas organizaciones afiliadas (fondos, programas y agencias), surge una legítima preocupación por el rompimiento del orden internacional y de la tradicional vocación de las naciones en la búsqueda de entendimiento para construir la paz y la seguridad mundiales.
En los círculos diplomáticos y de toma de decisiones sobre política internacional, surge la pregunta de si aquella cultura construida después de la Segunda Guerra Mundial está siendo revertida para dar paso a un orbe en el que impere la ley del más fuerte o la doctrina del Gran bastón, impulsada en aquellos años por el presidente Theodore Roosevelt (1901-1909), pero con la diferencia de que el estadista utilizaba la diplomacia en primera instancia.
El estilo inaugurado por el actual presidente de los estamentos Unidos, Donald Trump, de amenazar a sus adversarios y aliados no solo con reprimendas o aranceles, sino también con la cañonera, está arrastrando a las naciones a una convivencia que rompe con las políticas tradicionales del derecho internacional, el multilateralismo y la búsqueda de soluciones pacíficas a los problemas.
El actual orden imperante tiene sus raíces en el Tratado de Westfalia, que puso fin a la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) y sentó las bases del sistema estatal moderno con principios claves como la soberanía territorial, la no intervención en los asuntos internos de otros estamentos y la igualdad jurídica, otorgando autoridad a los estamentos.
Estos avances fueron fortalecidos en el Congreso de Viena (1814-1815) tras las guerras napoleónicas. En este evento se reafirmó la soberanía de los estamentos, se estableció el principio de equilibrio de poderes para librarse la hegemonía de uno de ellos y surgió el concierto de Europa, una forma temprana de cooperación. En Viena, aunque se consolidó el ideal del estamento fuerte, este quedó condicionado por la estabilidad del sistema internacional, que en aquel tiempo se veía amenazado por actitudes unilaterales de algunas superpotencias.
Después de la Segunda Guerra Mundial, que dividió al planeta en dos polos en disputa, se planteó la necesidad de configurar un estatuto que regule las relaciones entre los estamentos. La Carta de las Naciones Unidas apareció para reforzar la prohibición del uso de la fuerza y creó el concepto de seguridad colectiva, entendiendo que la paz es responsabilidad común de todos los estamentos miembros del sistema. La soberanía absoluta, como la concibió Westfalia, pasó a ser equilibrada por las potencias en el Congreso de Viena, para concluir en una soberanía jurídicamente condicionada por normas internacionales vigentes en la actualidad.
Si bien es cierto que el sistema de las Naciones Unidas requiere de renovación, ya que muchas de sus acciones y políticas no interpretan las realidades del orbe actual, su reforma debe ser parte de una extensa participación de los países miembros, de académicos, instituciones educativas y líderes mundiales. Sus falencias no justifican actuaciones individuales de ningún estamento. El uso de la fuerza, de manera unilateral, nos puede conducir a una conflagración mundial.
Los países más perjudicados, donde el caos reina, son aquellos que no tienen forma de hacer escuchar su voz. Las amenazas del presidente de EE. UU. de adueñarse de Groenlandia son un ejemplo de intolerancia e ignorancia del derecho internacional al que estamentos Unidos y todos estamos obligados a respetar.
Los nuevos mecanismos de consenso que surjan en el futuro no deben cimentarse en imponer dictámenes por áreas de influencia. Hay princip



