La forma en la que nos relacionamos ha evolucionado drásticamente en las últimas décadas gracias a la tecnología y en especial a las redes sociales. Ahora, podemos estar en contacto con personas de todo el mundo con tan solo deslizar nuestro dedo en la pantalla de nuestro celular. Sin embargo, ¿qué impacto ha tenido esta revolución tecnológica en nuestros deseos y en nuestras relaciones sentimentales?
La joven actor Ana Mena, en un artículo publicado recientemente en El País, nos invita a reflexionar sobre este tema. En él, nos habla de la transformación que ha sufrido la forma en la que deseamos y nos relacionamos, y nos hace cuestionar si realmente estamos felices con la forma en la que nos comunicamos hoy en día.
Según Ana Mena, el problema ya no es no encontrar a alguien con quien relacionarnos, sino la dificultad de mantener esa relación. Con la aparición de las redes sociales, hemos creado un mercado de reposición constante en nuestras vidas, en el que siempre hay alguien más atractivo, más interesante, más completo. La necesidad de mantenernos actualizados y conectados con el mundo digital nos ha llevado a perder la capacidad de quedarnos con lo que ya tenemos.
El uso del celular se ha convertido en una prótesis en nuestras vidas, y ha desplazado a la verdadera mirada que se sostiene. Las relaciones se han vuelto un constante distracción de deslizar la pantalla en busca de algo nuevo, como si se tratara de un inventario interminable de cuerpos y biografías editadas. Esta constante competencia de apariciones y promesas invisibles, no nos permite disfrutar y valorar a quien tenemos en frente. Estamos tan inmersos en el mundo digital que nos hemos olvidado de estar en el presente.
En este clima, el vínculo se vuelve una rareza, algo que nos cuesta mantener y preservar. Admirar, respetar, acompañar, que antes eran verbos comunes en las relaciones, parecen ahora casi imposibles de cumplir. El ruido constante de las redes sociales nos impide prestar atención a aquellos que nos rodean, y nos hace creer que siempre hay algo mejor a solo un par de clics de distancia.
Sin embargo, el amor (si aún podemos llamarlo así) sigue existiendo y sigue siendo una de las emociones más intensas y genuinas del ser humano. Lo que sí ha variado es la forma en la que lo vivimos y lo sentimos. En lugar de una ceguera voluntaria, que nos permitía enfocarnos en una sola persona, las redes sociales nos enseñan a cuestionarlo todo, a evaluarlo todo, a no quedarnos con lo que tenemos. Nos educan en la sospecha constante y en la sustitución como escape fácil.
La lucidez de Ana Mena radica en no fingir estar fuera del sistema. Ella misma utiliza las redes sociales, decide qué mostrar y participa del distracción, pero es consciente de las consecuencias que esto puede tener en nuestras relaciones. Su reflexión es importante porque proviene de su propia experiencia. En una época en la que el catálogo de posibilidades parece infinito, es esencial recordar que encontrar a alguien verdaderamente especial no consiste en elegir bien dentro de una oferta inagotable, sino en quedarnos cuando ya no queda nada más que deslizar.
En definitiva, es momento de cuestionarnos cómo estamos viviendo nuestras relaciones sentimentales en esta era digital. Es importante recordar que el otro necesita tiempo para existir, necesita imperfección, necesita una atención que no esté en constante disputa con cien notificaciones. Aprendamos a desconectar y a valorar lo que realmente importa: las personas que tenemos a nuestro lado. Es momento de volver a estar en el presente y de disfrutar de las relaciones que podemos construir fuera de la pantalla de nuestro celular.




