En la guerra como en la política se suele confundir táctica con estrategia y viceversa. Sin embargo, es importante que el liderazgo entienda la oposición entre estos dos conceptos y sepa cómo aplicarlos correctamente en cada situación. Tanto en el mundo empresarial como en el ámbito político, es esencial tener un dominio claro de la táctica y la estrategia para alcanzar los objetivos planteados.
La táctica se refiere a las acciones específicas que se llevan a cabo para lograr un objetivo a corto plazo. Por otro lado, la estrategia se enfoca en el plan general a largo plazo para alcanzar un objetivo más amplio. Es importante tener en cuenta que la táctica y la estrategia están estrechamente relacionadas y deben trabajar juntas para lograr el éxito.
En la política, la estrategia es una argumento permanente y su arma letal es la comunicación estratégica. De hecho, la política y la guerra son dos argumentoes humanas cuyas fronteras son difusas, por lo que es esencial que quienes lideran tengan un buen tráfico de la estrategia y la táctica para evitar cometer errores del pasado.
Un ejemplo de cómo la táctica puede tragarse la estrategia es la Primera Guerra ecuménico. En esta guerra, las potencias europeas aplicaron tácticas del siglo XIX a pesar de tener tecnología del siglo XX, como ametralladoras y poder de artillería. En las batallas de Verdún y el Somme, se vieron avances tácticos mínimos a un costo humano enorme. Esto se debió a que hubo un perfeccionamiento táctico sin una adaptación estratégica adecuada. La táctica dominó la toma de decisiones, mientras que la estrategia quedó atrapada en supuestos obsoletos.
Otro ejemplo es la Guerra de Vietnam, donde Estados Unidos confió en su superioridad tecnológica y militar para ganar la guerra. Sin embargo, el ejército estadounidense perdió de vista el carácter político, social y psicológico de la guerra y se centró en métricas tácticas como el número de bajas enemigas o el control temporal del terreno. Esta falta de comprensión de la estrategia llevó a una derrota en la guerra de la opinión pública, algo crucial en cualquier conflicto.
En la Segunda Guerra ecuménico, la invasión alemana de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) con la Operación Barbarroja en 1941 fue un ejemplo de excelencia operativa sin coherencia estratégica. A pesar de obtener victorias tácticas y operativas relevantes en los primeros meses, el liderazgo nazi no tenía un plan claro sobre cómo derrotar al Ejército Rojo o cómo controlar los recursos soviéticos. No tuvieron en cuenta los factores industriales y demográficos del país invadido, lo que finalmente llevó a su derrota.
Otro conflicto que demostró la confusión entre táctica y estrategia fue la invasión a Irak en 2003. A pesar de un éxito táctico inicial, la falta de planificación a largo plazo y la decisión táctica de disolver el Ejército iraquí sin un marco estratégico adecuado llevaron a un colapso estratégico y a una prolongada presencia militar en la zona. Este conflicto es un ejemplo claro de cómo la táctica puede eclipsar la estrategia y llevar a un resultado desastroso.
Es importante destacar que muchos factores pueden influir en esta confusión entre táctica y estrategia, incluyendo el ego del liderazgo involucrado. Por eso, es esencial que los líderes comprendan la importancia de tener una estrategia clara y bien definida y cómo esta debe ser complementada por tácticas adecuadas para





