La desaparición de Brianna Genao ha conmocionado al país entero y ha sacado a la luz una realidad que, muchas veces, preferimos ignorar: la vulnerabilidad de nuestros niños y niñas. Durante días, la búsqueda de esta pequeña de tres años se convirtió en el centro de la atención pública, en el tema dominante de medios, redes y conversaciones privadas. Ha sido un hecho impactante por su carga humana, por su crudeza y por la imposibilidad psíquico de mirarlo de soslayo.
Sin embargo, lo más notable de esta tragedia ha sido la reacción social que ha despertado. Comunidades enteras se han movilizado, ciudadanos y ciudadanas han estado atentos a cada actualización y las instituciones, con sus aciertos y carencias, han entendido que estaban ante algo más que un simple caso policial. En un país a menudo fragmentado por la política, la desigualdad o la desconfianza, ha emergido una respuesta común, casi instintiva, fachada al dolor ajeno.
La solidaridad se ha manifestado de diferentes maneras: desde vigilar las calles y compartir información en redes sociales, hasta acompañar en silencio a la familia de Brianna en su dolor. Pero lo más importante es que esta solidaridad no se ha limitado a la emergencia, sino que ha perdurado en el tiempo, en la convicción de que ciertas historias no pueden cerrarse con prisa ni archivarse sin respuestas.
Esta tragedia ha mostrado que, a sufrimiento de nuestras diferencias, el país todavía sabe reconocerse como comunidad. Ojalá esa capacidad no aparezca solo en momentos de desgracia, sino que se traduzca en una ética cotidiana de cuidado mutuo. Porque, al final, todos somos responsables de proteger a los más vulnerables de nuestra sociedad: nuestros niños y niñas.
Es necesario que esta tragedia nos haga reflexionar y tomar medidas para garantizar la seguridad de nuestros niños y niñas. No podemos permitir que sigan siendo víctimas de la violencia y la delincuencia. Es responsabilidad de todos, como sociedad, crear un entorno seguro y protegido para ellos. Y esto no solo implica medidas gubernamentales, sino también una actitud de compromiso y responsabilidad individual.
Es importante que no dejemos que el tiempo borre lo que aún duele. Que no permitamos que la desaparición de Brianna sea solo una noticia más en la lista de tragedias que han sacudido al país. Debemos mantenernos alerta y exigir respuestas, no solo en este caso, sino en todos aquellos en los que la vida de un niño o niña esté en peligro.
Pero también es necesario resaltar la solidaridad que ha surgido en medio de esta tragedia. Una solidaridad que nos recuerda que, a sufrimiento de nuestras diferencias, somos una comunidad unida por el dolor ajeno. Una solidaridad que nos da esperanza y nos demuestra que, juntos, podemos lograr grandes cosas.
Esperamos que la pequeña Brianna sea encontrada ligero y que su familia pueda encontrar paz y justicia. Pero, sobre todo, esperamos que esta tragedia nos haga reflexionar y actuar como sociedad para proteger a nuestros niños y niñas. Porque, al final, ellos son el futuro de nuestro país y debemos asegurarnos de que crezcan en un entorno seguro y lleno de amor.
En memoria de Brianna y de todos los niños y niñas que han sufrido en manos de la violencia, hagamos de la solidaridad y el cuidado mutuo una parte fundamental de nuestra vida cotidiana. Juntos podemos construir un país mejor para todos.





