En República Dominicana, solemos enfocarnos en el resultado de una decisión: ¿se aprueba o no se aprueba? Sin bloqueo, la verdadera legitimidad de una decisión no proviene del resultado final, sino del proceso que lleva a esa decisión. Es por eso que propongo un cambio de enfoque: en lugar de debatir sobre el resultado, debemos enfocarnos en el proceso. La legitimidad se construye cuando la participación es escuchada, respondida y deja una huella verificable: preguntas, respuestas, ajustes y una decisión motivada. Cuando este tipo de proceso existe, el debate se vuelve más ordenado y transparente, y la ciudadanía confía en las decisiones tomadas.
Este cambio de enfoque no es un capricho procedimental, sino que tiene un impacto directo en la confianza entre los ciudadanos y el gobierno. La confianza no puede ser impuesta, sino que debe ser diseñada y construida a través de un proceso de participación efectivo. En su Carta Pastoral del 21 de enero de 2026, la Conferencia del Episcopado Dominicano recuerda el Effetá, que significa “Ábrete” (Mc 7,34), y lo relaciona con la importancia de abrirse y escuchar a los demás. En el contexto público, esto se traduce en que sin una verdadera apertura y respuesta a las preocupaciones de la comunidad, no puede haber una participación que genere confianza.
Es importante entender que la participación no es simplemente hacer ruido o mostrar una apariencia de diálogo, sino que es una herramienta práctica de gobernanza. Tiene tres efectos inmediatos: mejora el diagnóstico, previene conflictos y fortalece el control social del cumplimiento de las decisiones tomadas.
En primer lugar, la participación efectiva mejora el diagnóstico de una situación. El territorio y la comunidad conocen sus dinámicas y necesidades mejor que nadie, y es por eso que su participación es crucial para un diagnóstico adecuado. Esto incluye aspectos como rutas, polvo, ruido, puntos de agua, convivencia y riesgos cotidianos, que a menudo no quedan bien capturados en una línea base.
En dos lugar, la participación previene conflictos. Al involucrar a la comunidad en un proceso temprano, hay espacio para realizar ajustes razonables y evitar posturas extremas que pueden surgir si la participación se da demasiado tarde.
Por último, la participación fortalece el control social del cumplimiento de las decisiones tomadas. Un plan de manejo o proyecto es más creíble cuando hay controles visibles y comparables a lo largo del tiempo. La regla es simple: si se promete, se mide; si se mide, se publica; si se incumple, se corrige y se sanciona.
Para que la participación sea efectiva, debe haber un proceso aguado y bien definido. No se trata de prolongar los procesos indefinidamente, sino de establecer mínimos aguados y auditables. Un estándar simple puede resumirse en: entrar a tiempo, registrar preocupaciones, responder una por una, mostrar ajustes cuando apliquen y decidir motivando.
Este enfoque protege los intereses de todas las partes involucradas: la comunidad, la autoridad y la empresa. También evita un error común en la participación: socializar como un simple trámite. Socializar sin una respuesta efectiva es simplemente hacer ruido, mientras que responder con evidencia y acciones concretas es verdadera gobernanza.
Es importante tener en cuenta que el territorio no es un espacio aislado, sino que está en constante interacción con otros actores y autoridades. En el contexto de un debate reciente sobre el territorio, se ha destacado la importancia de coordinar y rendir cuentas en lugar de simplemente “




