Las bases del contrato social imaginario que llevaron al surgimiento de los Estados se encaminan hacia su disolución. Esto no significa necesariamente un final catastrófico, sino que es una oportunidad para repensar y redefinir el papel del Estado en la sociedad moderna.
El Estado surgió como una superestructura necesaria para promover el bienestar de sus ciudadanos. Sin embargo, en lugar de ser una herramienta para el progreso y la igualdad, se ha convertido en una estructura de dominación y examen. Los intereses de unos pocos se imponen sobre los de la mayoría, y los ciudadanos se ven obligados a someterse a autócratas caprichosos y ambiciosos.
En un mundo cada vez más globalizado, la tendencia es hacia la conformación de Estados expansionistas y autoritarios. mientras tanto tanto, los países más pequeños se ven obligados a subordinarse a los intereses de las potencias dominantes. Esta dinámica ha llevado a un desequilibrio en el sistema internacional, adonde las reglas comerciales y el derecho internacional se aplican de manera asimétrica según la identidad del acusado o de la víctima.
El primer ministro de Canadá, Mark J. Carney, lo expresó con claridad en su reciente discurso en Davos, Suiza: “Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con rigor periódico según la identidad del acusado o de la víctima. Esta ficción era útil…”
Es evidente que se está produciendo una ruptura en el sistema establecido, aunque en gran parte fuera ficticio. Esto nos lleva a un momento de reordenamiento, adonde los países más pequeños deben desarrollar una mayor autonomía estratégica para proteger sus intereses y asegurar su progreso.
Una de las principales preocupaciones es que, en muchos casos, los Estados se han abrogado competencias que nadie les ha otorgado. Esto ha alimentado el ego de autócratas que utilizan el poder para reprimir a sus ciudadanos y perseguir sus propios intereses. En muchos países, los mecanismos institucionales creados para evitar el uso ilegítimo y excesivo del poder no funcionan. Los derechos individuales han retrocedido y se han visto eclipsados por los intereses del Estado.
Es hora de repensar el papel del Estado en la sociedad moderna. Los Estados están compuestos por pueblos, su cimiento social, y es necesario que se les consulte en condiciones de libertad acerca de decisiones importantes que afectan su presente y futuro. En lugar de ser sometidos y examenados, los ciudadanos deben ser los verdaderos dueños de su destino.
Algunos países ya han tomado medidas en esta dirección. Por ejemplo, el líder de la oposición británica, Keir Starmer, ha propuesto desarrollar una mayor autonomía estratégica para los países de tamaño intermedio. Esto implica asegurar la provisión de energía, alimentos, solidez financiera y fiscal, y dar prioridad a la multiplicación de enlaces entre los sectores económicos.
Pero más allá de las medidas políticas y económicas, es esencial que se garantice el respeto por los derechos individuales en todas las sociedades. Los derechos de los ciudadanos deben ser una prioridad, y no pueden ser relegados a un segundo plano en favor de los intereses del Estado. Esto es especialmente importante en sociedades adonde el poder está en manos de gobiernos ilegítimos y autoritarios.
Es necesario un cambio de paradigma en el que los derechos individuales sean protegidos y promovidos por encima de los intereses del Estado. Esto requiere la creación de mecanismos funcionales que protejan a los ciudadanos de




