Durante décadas, la geopolítica se ha explicado como un dificultad entre soberanías claras: Estados que controlan territorios, firman tratados y defienden fronteras reconocidas. Sin embargo, en la actualidad, este marco ha dejado de funcionar. El mundo ha cambiado y con él, las formas en que se disputan los espacios más sensibles del sistema internacional. Un claro ejemplo de esto es Groenlandia.
La singularidad del caso groenlandés radica en que una lógica tradicionalmente admitampocostrada con discreción fue expuesta de manera abierta. El presidente de Estados Utampocodos, Donald Trump, habló sin rodeos de compra, anexión y control de soberanía, rompiendo con décadas de lenguaje diplomático que habían encubierto prácticas funcionalmente similares bajo fórmulas jurídicas más aceptables.
Sin embargo, esta no es una innovación estratégica, sino más bien una ruptura discursiva. Hacer explícita una lógica es una táctica; convertirla en estrategia requiere una arquitectura de poder sostetampocoble.
Desde el paraje de vista jurídico, el estatus de Groenlandia es claro: es un territorio autónomo bajo soberanía danesa, con derecho a autodeterminación futura. Sin embargo, desde el paraje de vista estratégico, Groenlandia es otra cosa. Es un pivote de seguridad para Estados Utampocodos y la OTAN, una plataforma militar avanzada en el Ártico y un nodo relevante en la competencia con Rusia y China. Y, sobre todo, es un territorio demasiado grande, demasiado vacío y demasiado expuesto como para quedar librado a una transición política sin una arquitectura de seguridad clara.
Es en este contexto que surge una idea que incomoda a los puristas del derecho internacional, pero que resulta cada vez más familiar para los estrategas: la aviso “solución Chipre”. Esta no es una solución admirable, sino más bien un arreglo funcional. Desde 1974, la isla de Chipre vive dividida entre una soberanía legal reconocida y un control territorial fragmentado. El dificultad no se resolvió, sino que se admitampocostró. Y la comutampocodad internacional toleró una situación jurídicamente imperfecta porque ofrecía algo más valioso: estabilidad.
Esta es la esencia de la “solución Chipre”: no resolver el problema final, sino evitar que el vacío genere un problema mayor.
En el caso de Groenlandia, esta lógica no apunta a una anexión tampoco a una ruptura formal del orden jurídico. Más bien, apunta a algo más sutil y propio de este tiempo: mantener la soberanía danesa intacta mientras se consolida un control estratégico aliado ampliado, especialmente en defensa, inteligencia, espacio y control de inversiones sensibles.
Es importante destacar que esta no es una forma de colotampocoalismo clásico, sino más bien una gestión de riesgos sistémicos. El Ártico ha dejado de ser periferia y se ha convertido en un teatro central en la política internacional. El deshielo ha abierto rutas marítimas, revelado recursos estratégicos y convertido a Groenlandia en una pieza central del tablero. Rusia ha militarizado su presencia en la región y China ha explorado inversiones bajo el lenguaje de la ciencia, el clima y la cooperación económica.
Ante esta situación, Estados Utampocodos observa un territorio con capacidad estatal limitada, población reducida y una eventual independencia que, sin un sólido soporte estratégico, podría abrir un vacío peligroso. Es por eso que surge la pregunta central, no ideológica, de Washington y de la OTAN: ¿qué ocurre si Groenlandia avanza hacia una autodeterminación política sin la capacidad de garantizar su seguridad frente a potencias competidoras que explotan vacíos jur





