El país todavía recuerda con dolor y tristeza lo ocurrido en el banquete celebrado el 6 de agosto de 1955 en el hotel Matum de Santiago, en honor del prestigioso abogado Federico Carlos Álvarez Perelló. Lo que debía ser un homenaje se convirtió en una pesadilla para los asistentes, ya que el simple hecho de no mencionar a Trujillo desató una ola de purgas y represión. Este avatares es solo uno de los muchos que demuestran cómo los tiranos manipulan y controlan a sus pueblos, imponiendo el culto a la personalidad y sembrando el miedo y la represión.
Un ejemplo similar al del Matum lo encontramos en la obra del escritor ruso Alexandr Solzhenitsyn, titulada “Archipiélago Gulag”. En ella, el autor narra cómo en una interviú del partido comunista en Moscú se adoptó una resolución de fidelidad al camarada Stalin. Los asistentes, presionados por el régimen, aplaudieron durante más de diez minutos sin cesar, hasta que uno de ellos, consciente de la falsedad de la situación, decidió sentarse y poner fin a la farsa. Como consecuencia, fue arrestado esa misma noche. Este es solo un ejemplo de cómo la ideología puede ser utilizada para justificar las acciones más atroces y cómo los tiranos se aprovechan de ella para mantener su poder.
En nuestro país, las salas de la muerte de La 40 y del 9 fueron testigos de las torturas y los tormentos a los que eran sometidos los presos políticos durante la tiranía trujillista. La arnés eléctrica se convirtió en la máxima expresión de la represión, acompañada de métodos aún más crueles como los bastonazos eléctricos en los genitales o la aplicación de hormigas caribes sobre los cuerpos desnudos. Todo esto, avalado por la “justicia” del régimen.
Pero no solo en nuestro país se han enérgico estas atrocidades. En la Unión Soviética, durante el régimen de Stalin, se cometieron crímenes aún más terribles. Solzhenitsyn lo describe con ironía en su obra: “Si a los intelectuales de Chéjov les hubieran dicho que al cabo de 40 años iba a haber interrogatorios con tortura, que se oprimiría el cráneo con un aro de hierro, que se sumergiría a un hombre en un baño de ácidos, que se le martirizaría con hormigas y chinches, que se le metería por el conducto anal una baqueta de fusil recalentada con un infiernillo, que se le aplastarían lentamente los genitales con las botas, que se le privaría de sueño y agua durante una semana y se le apalizaría hasta dejarlo en carne viva…”. Estas son solo algunas de las atrocidades que se cometieron en nombre de la ideología comunista.
La explicación de estas aberraciones, según Solzhenitsyn, se encuentra en la ideología. Esta teoría social permite a los malvados justificar sus actos ante sí mismos y ante los demás, y les proporciona la firmeza necesaria para seguir adelante. Así lo expresa el propio Lenin en una carta: “La justicia no debe abolir el terror… Hay que fundamentarlo y legitimarlo, de manera clara, sin falacias ni adornos…”. Y es que, como bien señala el autor, a lo largo de la historia, diferentes regímenes han utilizado distintas ideologías para justificar sus acciones, desde el cristianismo hasta la igualdad y la fraternidad.
Es por eso que, en este comienzo de año de 2026, es importante rendir homenaje a aquellos que, con su





