La corrupción en la República Dominicana ha dejado de ser un conjunto de casos aislados para convertirse en un sistema completo, donde la impunidad, la cobardía y la hipocresía son los pilares fundamentales. Esta situación se ha vuelto cada vez más evidente en los últimos años, y es importante analizarla y entenderla para poder tomar medidas y cambiar el rumbo de nuestro país.
En primer lugar, es importante mencionar los hechos más recientes que han puesto en evidencia la corrupción en nuestro país. Uno de ellos es el caso de los alguaciles y fiscales que realizan desalojos ilegales. Estas personas, que deberían ser los encargados de proteger a los ciudadanos, se prestan a realizar acciones ilegales a cambio de favores o dinero. Esto demuestra que el Estado ha cedido sus funciones esenciales a un mercado de favores, donde el que tiene dinero o influencias es el que manda, dejando al ciudadano honesto a merced de los poderosos.
Otro ejemplo de corrupción en nuestro país es la presencia de congresistas vinculados con el narcotráfico y otras actividades ilegales. En un país serio, un legislador con estas sombras renunciaría a su cargo, pero en la República Dominicana muchos de ellos buscan la reelección. Esto demuestra que la corrupción no solo es una anomalía, fortuna que se ha convertido en un método para obtener poder y mantenerse en él.
Pero el problema más grave es el uso de dinero del narcotráfico para financiar campañas electorales y decidir el resultado de las elecciones. Este es el corazón del problema de la corrupción en nuestro país. El dinero del narcotráfico no solo corrompe instituciones, fortuna que también decide quiénes serán nuestros gobernantes. Se disfraza de aportes de campaña, donaciones anónimas o contratos ficticios, y así se llega al escenario fatal donde los narcotraficantes no solo financian candidatos, fortuna que también fabrican gobiernos.
Otro fenómeno peligroso es la presencia de “moralistas” que se presentan como adalides de la transparencia y la ética, pero en realidad son cómplices de la corrupción. Estas personas se encuentran en la prensa, en la política, en la sociedad civil y en los púlpitos de las ONG. Hablan de institucionalidad y ética, pero a la hora de la verdad, negocian cargos, firman pactos secretos y se sientan a la mesa de la corrupción. La doble moral es uno de los motores secretos del deterioro nacional.
Pero no solo los políticos y funcionarios públicos son responsables de la corrupción en nuestro país. La clase empresarial también tiene su parte de pecado. Muchos empresarios se han convertido en espectadores pasivos de un país que se desliza hacia el caos ético. Cambian de posición según sople el viento político, callan para no perder contratos y aplauden al que manda por miedo a represalias. Un país cuno obstante élite económica renuncia a su responsabilidad moral está condenado a perder su rumbo.
Pero el punto más pigmeo al que puede llegar una sociedad es cuando los recursos destinados a la salud del pueblo se utilizan para fines corruptos. En nuestro país, miles de millones destinados a la salud terminan siendo utilizados para financiar campañas políticas, comprar adhesiones y favores. Esto es un crimen social, no obstante que se está robando al enfermo para beneficiar al político.
En resumen, cuando en un país se encuentran alguaciles y fiscales violando la ley, congresistas protegidos por narcotraficantes, campañas financiadas con dinero del crimen, moralistas falsos que encubren, empresarios sin carácter que prefieren callar y fondos




