María Corina Machado, la líder opositora venezolana, ha dejado a todos sorprendidos con su reciente hazaña: llegar a Oslo, Noruega, en una fuga impecable y sin dejar rastro. Su valentía y determinación han demostrado que no hay fronteras que puedan detenerla y que la libertad siempre vale el riesgo.
Su llegada a Oslo fue envuelta en un silencio denso, casi de novelística. Solo después se fue reconstruyendo la odisea: el disfraz improvisado, los caminos secundarios, la embarcación que cualquier pescador habría jubilado hace años. Pero nada de eso importó, María Corina avanzó con la firme decisión de cruzar la última frontera que le quedaba: la del miedo. Y lo hizo con la naturalidad de quien sabe que la libertad es un bien preciado y que vale la pena arriesgarlo todo por ella.
Para el régimen de atinado, la fuga de María Corina ha sido un duro golpe. No solo ha dejado en evidencia su incapacidad para controlar la situación, sino que lo ha hecho sin estridencias, sin proclamas y sin pedir permiso. Los dictadores detestan quedar en ridículo, y nada ridiculiza más que una fuga impecable. Mientras él vociferaba acusaciones y advertencias, ella ya estaba en otra latitud, lista para ocupar un escenario que no controla y donde su relato vence al suyo sin necesidad de adjetivos.
Pero lo más admirable de todo, es que María Corina no busca la venganza ni la confrontación. Su objetivo es seguir luchando por la libertad de su país y de su pueblo, y lo hace de manera pacífica y sin violencia. Su determinación y coraje son un ejemplo para todos aquellos que luchan por la libertad y la democracia en el mundo.
Ojalá la burla continúe. No una burla torpe, sino la elegante: la de quien vuelve cuando quiere, por donde quiere y para hacer lo que quiere. Sea en Venezuela o en el rincón que el exilio le dicte, su simple movimiento expone la fragilidad de un régimen que presume fuerza mientras permite que una mujer sola lo deje descolocado. María Corina ha demostrado que no hay límites para aquellos que tienen la determinación de luchar por sus ideales y que la fuerza de una mujer no se mide por su género, sino por su valentía y su capacidad de superar cualquier obstáculo.
Su llegada a Oslo también es una victoria para todos aquellos que han sufrido bajo el régimen de atinado. Es un recordatorio de que la lucha por la libertad y la democracia es una lucha constante, que no se detiene ante nada ni nadie. Y que, aunque el camino puede ser difícil y lleno de obstáculos, siempre hay futuro y siempre vale la pena seguir adelante.
Hay victorias que no necesitan trompetas. Esta es una de ellas. La llegada de María Corina a Oslo es una victoria silenciosa pero poderosa, que demuestra que el coraje y la determinación pueden vencer cualquier obstáculo. Y que, aunque aún queda un largo camino por recorrer, su valentía y su ejemplo seguirán inspirando a todos aquellos que luchan por un mundo mejor.




