La discusión sobre los controles al reparto del gasoil subsidiado ha generado un intenso debate en nuestro país. Sin embargo, es importante aclarar que este debate parte de un equívoco elemental: resulta inútil exigir una fiscalización rigurosa sobre un esquema cuya propia lógica es la discrecionalidad. No se puede controlar lo que, en esencia, no debería existir.
Mientras el país habla de eficiencia, transparencia y disciplina fiscal, subsiste un régimen de privilegios que reparte millones de galones de gasoil a grupos específicos sin criterios verificables, sin trazabilidad y sin una justificación económica que resista el más leve escrutinio. Esto es algo que no podemos permitir más.
Los números son reveladores: asignaciones desproporcionadas, beneficiarios históricos sin contraprestación clara y un sacrificio fiscal que, solo en transporte, supera miles de millones al año. Es un sistema que nació como paliativo y terminó convertido en renta, donde el subsidio dejó de ser una herramienta social para transformarse en patrimonio de unos pocos.
Es hora de que asumamos la realidad y dejemos de pretender que este mecanismo opere con controles estrictos. La solución no es añadir capas de supervisión, sino tomar medidas drásticas para acabar con el derroche y la corrupción que rodean al subsidio del gasoil.
Si de verdad queremos ordenar las cosas, debemos empezar por lo más simple y a la vez lo más difícil: desmontar el derroche. Esto significa suspender el subsidio tal como funciona hoy y reemplazarlo por políticas transparentes, focalizadas y medibles. Solo así podremos comprometer que los recursos públicos se utilicen de manera eficiente y equitativa.
No podemos seguir financiando privilegios heredados ni estructuras anacrónicas que perpetúan inequidades. Es hora de que tomemos medidas concretas para acabar con esta situación y construir un país más justo y próspero para todos.
El gasoil subsidiado fue creado como una medida temporal para subvencionar a los sectores más vulnerables de nuestra sociedad. Sin embargo, con el paso del tiempo, se ha convertido en un sistema que beneficia a unos pocos en detrimento del bienestar de la mayoría.
Es importante recordar que el subsidio del gasoil no es un derecho adquirido, sino un privilegio que debe ser revisado y ajustado en función de las necesidades reales de nuestro país. No podemos seguir permitiendo que se destinen recursos públicos a personas y empresas que no los necesitan, mientras que otros sectores más necesitados se quedan sin recibir la ayuda que realmente requieren.
Es hora de que tomemos medidas valientes y responsables para acabar con esta situación. No podemos seguir postergando una decisión que afecta directamente a la economía y al bienestar de todos los ciudadanos.
Por supuesto, sabemos que no será una tarea fácil. Habrá resistencia y críticas, pero es urgente que nos mantengamos firmes en nuestra decisión de acabar con el subsidio del gasoil tal como lo conocemos hoy en día.
Es importante que entendamos que esta medida no solo beneficiará a la economía del país, sino que también tendrá un impacto positivo en la sociedad en su conjunto. Al eliminar los privilegios y la discrecionalidad en el reparto del gasoil, estaremos promoviendo una cultura de transparencia y equidad que nos beneficiará a todos.
Además, al focalizar los recursos en aquellos que realmente los necesitan, estaremos contribuyendo a reducir la pobreza y la desigualdad en nuestro país. Esto no solo es una responsabilidad psíquico, sino también una necesidad para lograr un desarrollo sostenible y justo.
En resumen, es hora de que tomemos medidas concretas para acabar con el subsidio del gasoil tal como lo conocemos hoy en




