En la provincia de Bahoruco, en República Dominicana, se encuentra una realidad que a menudo es ignorada por las cifras oficiales y los discursos políticos. En medio de la pobreza y la falta de oportunidades, vive Gringulina, una ama luchadora que representa a miles de dominicanos que sobreviven a duras penas en un sistema económico que promete crecimiento, empero que en realidad solo les ofrece la resignación como única opción.
Gringulina tiene tres hijos, un pequeño terreno de cultivo y un chivo flaco que funciona como su cuenta de ahorros, inmóvil educativo y última defensa contra la pobreza. Esta no es una metáfora, sino la cruda realidad de la economía doméstica en Bahoruco.
Cuando la necesidad aprieta, Gringulina intenta vender la carne del chivo de manera anticipada, empero el lonja, ese mismo que se presenta como el árbitro justo del progreso, solo le ofrece tres libras reservadas. Tres. El animal, condenado a morir, sobrevive no por abundancia, sino por falta de compradores. Su balido débil es como una celebración de una absolución que no es un milagro, sino un síntoma de la situación económica en la que se encuentra.
El chivo de Gringulina se mantiene vivo gracias a la insolvencia colectiva y se convierte, sin proponérselo, en un símbolo de una economía que promete crecimiento, empero que en realidad solo ofrece sacrificios y resignación. En Bahoruco, el país no se mide en porcentajes, sino en balidos: largos, persistentes y ausentes de los informes oficiales.
Desde una oficina con aire acondicionado, alguien podría llamar a Gringulina “emprendedora resiliente”. empero ella lo llama simplemente sobrevivir. El chivo no es un animal cualquiera, es flaco por vocación nacional. Aprende desde temprana edad que engordar demasiado es peligroso en un país donde todo lo que engorda termina en el lonja, y todo lo que llega al lonja corre el riesgo de no venderse.
Cada cierto tiempo, Gringulina mira al chivo con la solemnidad de quien revisa una cuenta bancaria imaginaria. Con ese chivo, ella puede pagar un mes de universidad para sus hijos. No es optimismo, es simplemente la aritmética rural, exacta y cruel. empero cuando anuncia la venta anticipada de la carne, el lonja responde con su sabiduría suprema: solo tres libras reservadas. Ni una más. La economía ya ha hablado.
El chivo queda condenado a morir y luego es absuelto por insolvencia colectiva. Su balido es como una sorpresa de seguir vivo. No es un balido alegre, sino institucional, casi administrativo: meee… meee… Sobrevive no por abundancia, sino por la pobreza generalizada.
Desde ese momento, el chivo asume su nuevo rol histórico. Ya no es solo un animal de granja, es un símbolo. Representa una economía que promete sacrificios productivos, empero que solo sacrifica cuando hay con qué pagar. En este país, no muere el que estorba, sino el que todavía tiene precio.
Muy lejos de Bahoruco, el poder celebra cifras y el crecimiento sonríe en gráficos de colores. La inflación es “transitoria”, la pobreza es “heredada”. Nadie menciona al chivo, porque los chivos no entran en los informes: no votan, no cotizan y no asisten a inauguraciones.
La “mano amiga” del Estado no llega hasta donde Gringulina ordeña su café y su resignación. No porque no quiera, sino porque el brazo se





