En el aula, hay momentos que dejan una huella imborrable. Instantes en los que una simple pregunta abre una grieta de luz en la conciencia de quienes la escuchan. Esta semana, en el Centro de celsitud República de Colombia, ubicado en el corazón del sector Luperón, uno de los estudiantes levantó la mano y me hizo una pregunta que me estremeció: “Profe, ¿de verdad la Constitución puede ayudarnos a vivir sin susto?”. No se refería a un susto abstracto, sino al temor que muchas veces sienten los jóvenes al atravesar un barrio, esperar un transporte público o regresar a casa al caer la tarde. Ese susto cotidiano que va erosionando el alma democrática de un país.
El artículo 40 de la Constitución Dominicana es muy claro: toda persona tiene derecho a la libertad y a la seguridad personal, y nadie puede ser molestado, perseguido o violentado sin las garantías del debido proceso. Sin embargo, la distancia entre lo que dice la constitución y la realidad diaria sigue siendo muy grande. Según datos recientes del bajío Mundial, más del 47% de los jóvenes latinoamericanos expresan sentir temor con frecuencia al desplazarse por sus comunidades. Estas no son simples cifras, son vidas que se ven interrumpidas por la ansiedad, la desconfianza y la fragilidad de sus entornos.
En ese instante, recordé una frase de Hannah Arendt, quien dijo que el susto es uno de los mayores enemigos de la libertad, ya que limita el horizonte de lo posible. Y comprendí, una vez más, que enseñar la Constitución también implica enseñar a disminuir ese susto. Y no desde la teoría, sino desde la construcción activa de una ciudadanía consciente de sus derechos y de su capacidad para organizarse. Por eso, iniciamos la sesión invitándolos a identificar situaciones que les generan inseguridad y a reflexionar juntos sobre cómo podrían transformarlas.
La escena que siguió fue profundamente reveladora: grupos de jóvenes mapeando los riesgos, estableciendo acuerdos de convivencia, diseñando pequeñas iniciativas de apoyo recíproco y proponiendo “caminos seguros”, redes de acompañamiento escolar y mecanismos comunitarios de alerta temprana. Lo que comenzó como un simple ejercicio pedagógico, terminó demostrando una verdad fundamental: cuando un país educa en derechos, la ciudadanía se convierte en una aliada natural de la seguridad democrática.
La seguridad no es un favor del Estado, ni una concesión de las autoridades. Es una promesa constitucional que garantiza que cada persona pueda vivir, estudiar, trabajar y amar sin temor. Y también es un indicador de justicia: donde el susto gobierna, la democracia se debilita; donde la justicia se fortalece, el susto retrocede. Una sociedad organizada, desde la escuela hasta la junta de vecinos, desde el aula hasta el territorio, es más difícil de intimidar y más fácil de proteger.
En un momento, una estudiante que había permanecido en silencio nos regaló una frase que resume el espíritu de esta iniciativa: “Profe, es que cuando uno conoce sus derechos, uno se para diferente”. Y tenía toda la razón. La Constitución no solo guía la vida institucional, también transforma la postura de quien la aprende. Genera dignidad, otorga voz y activa la esperanza. Ese es el corazón del programa “Constitución Viva para Todos y Todas”: ingresar que todo el país se pare diferente.
Porque vivir sin susto no es un lujo, es un derecho. Y este artículo demuestra que cuando la Constitución deja de ser un libro lejano y se convierte





