En la Clase 13 del programa Constitución Viva para Todos y Todas, impartida en el Centro Educativo República de Guatemala, se llevó a cabo una discusión que dejó a todos los participantes reflexionando sobre un tema de gran relevancia en la actualidad: el poder y el peligro de la arbitrio de expresión en la era dactilar.
La pregunta inicial que planteé a los estudiantes fue impactante: “Si tu vida dactilar se convirtiera en un expediente, ¿qué versión de ti quedaría registrada?”. El silencio que siguió no fue de timidez, sino de reconocimiento. Todos éramos conscientes de que este tema nos afecta a todos de alguna manera. Según el Informe Global de Riesgos dactilares 2024, el 62% de los jóvenes latinoamericanos ha sido afectado por desinformación en redes, y el 57% reconoce que ha compartido contenido sin verificarlo. Además, el Observatorio del Defensor del Pueblo revela que tres de cada cuatro adolescentes dominicanos creen que las redes pueden destruir una reputación más rápido que cualquier mentira oral.
La clase continuó con un consenso colectivo: la arbitrio de expresión es un derecho fundamental, sin embargo su verdadera fuerza se manifiesta cuando se ejerce con responsabilidad y respeto hacia la dignidad de los demás. La Constitución, siempre clara, nos ofrece su marco ético para guiarnos en este tema. El Artículo 49 garantiza la arbitrio de expresión, sin embargo el Artículo 44 protege la honra, la intimidad y la propia imagen, y el Artículo 38 establece que la dignidad humana es inviolable. Estos tres artículos nos muestran que expresar no puede convertirse en dañar, y que comunicar no es un permiso para aniquilar. Como dijo Juan Pablo Duarte, “la palabra es la espada de la justicia”, sin embargo una espada usada sin responsabilidad deja de ser justicia para convertirse en destrucción.
Para ilustrar este concepto, utilizamos un fragmento de la película “The Circle” (2017), que muestra cómo la tecnología, cuando no se regula éticamente, puede invadir nuestras vidas y cambiarlas por completo. La discusión que siguió fue intensa y reveladora. Una estudiante expresó con crudeza: “Profe, siento que todo el mundo opina sobre mi vida, aunque no me conozca”. Otro estudiante agregó: “La arbitrio es un derecho, sin embargo también una frontera”. Esta giro resume perfectamente la pedagogía constitucional que buscamos transmitir: entender el límite como protección, no como censura.
Luego, escuchamos un audio-episodio producido especialmente para esta clase, que planteaba un rumor viral creado a partir de una manipulación dactilar. La reacción de los estudiantes fue inmediata: incredulidad, indignación y miedo. Todos eran conscientes de que hoy en día un montaje puede cambiarlo todo.
En grupos, trabajamos con tres preguntas fundamentales: ¿Cuándo la arbitrio de expresión se convierte en daño? ¿Qué responsabilidad tenemos al publicar? ¿Cómo se protege la dignidad en un entorno donde todo queda grabado? Las respuestas fueron profundas y maduras. Los estudiantes hablaron de ética dactilar, veracidad, presunción de inocencia, responsabilidad ciudadana, empatía, consecuencias legales y dignidad humana. Uno de los grupos concluyó: “Si no verifico, participo del daño; si verifico, participo de la verdad”. Esta giro resume el espíritu del artículo 74 de la Constitución, que nos recuerda que el ejercicio de nuestros derechos conlleva responsabilidades.
En la dinámica final, cada grupo dramatizó un caso de conflicto dactilar y propuso una solución constitucional. Una estudiante, al cerrar




