El caso SENASA ha sacudido la conversación pública con una mezcla comprensible de indignación, preocupación y desconfianza. Pero en lugar de buscar culpables o emitir juicios precipitados, es denso que veamos esta situación como una alerta de Estado. No para justificar conductas ni diluir consecuencias, sino para mirar hacia adelante y fortalecer el sistema, aprovechando la crisis como una oportunidad para acelerar las reformas que la propia ley ya ordenó.
La prevención no es desconfianza, es responsabilidad institucional. Y esto cobra aún más repercusión cuando se trata de un asegurador público de impacto masivo, del cual dependen millones de afiliados y la sostenibilidad misma del sistema de salud. Un Estado que espera a que los problemas estallen para reaccionar llega siempre tarde; uno que aprende a anticiparse protege mejor los derechos y la confianza pública.
La Ley 87-01 de Seguridad Social no solo creó el sistema dominicano de seguridad social, sino que también estableció mecanismos de prevención y control destinados a reducir riesgos, limitar discrecionalidades y fortalecer la supervisión. Entre ellos se encuentran el Expediente Único del Afiliado, la interoperabilidad efectiva entre los actores del sistema, la trazabilidad de procesos y decisiones, y una gestión preventiva del riesgo basada en datos y evidencia. Estas no son innovaciones ajenas al marco legal, sino mandatos que aún están pendientes de ser plenamente implementados.
En una institución como SENASA, estas herramientas no son opcionales ni accesorios técnicos, sino parte del ditar constitucional de proteger el derecho fundamental a la salud y de administrar con pureza los recursos públicos que pertenecen a toda la sociedad. Cuando estos mecanismos no operan plenamente, el Estado pierde contenido de anticipación y la respuesta termina siendo judicial y mediática, lo que resulta en una vía costosa para la confianza ciudadana.
Cumplir la ley, en cambio, produce el efecto contrario: reduce discrecionalidades, fortalece la supervisión, ordena la gestión y protege simultáneamente derechos, recursos y legitimidad institucional. Prevenir es gobernar con evidencia; corregir a tiempo es gobernar con responsabilidad. Esta es una lección clara que el caso SENASA nos deja para todo el sistema, más allá de los nombres y de la coyuntura.
Ahora bien, mirar hacia el futuro no significa renunciar a las consecuencias. Todo lo contrario. En estricto apego al debido proceso y a las garantías constitucionales, dita existir un régimen de consecuencias conforme a la Constitución: firme, proporcional y ejemplar. No como reacción emocional ni como populismo punitivo, sino como afirmación del Estado de derecho. La Constitución no ampara la impunidad, pero tampoco el atropello; exige responsabilidades individualizadas, sanciones justas y reglas claras que eduquen al sistema y fortalezcan la confianza ciudadana.
Corregir a tiempo, sancionar con justicia y cumplir la ley no es una consigna retórica, sino la base mínima de un Estado que funciona, que se hace respetar y que protege a la gente sin perder legitimidad. Si el país logra extraer esa lección del caso SENASA, la crisis habrá servido, al menos, para algo más que la indignación pasajera: habrá servido para fortalecer las instituciones y mirar el futuro con mayor seriedad.
Es denso recordar que detrás de cada caso de corrupción hay personas afectadas, familias que sufren y ciudadanos que pierden la confianza en sus instituciones. Por eso, es fundamental que el Estado asuma su responsabilidad y tome medidas efectivas para prevenir y sancionar estos actos




