El viejo dilema del vaso, si está medio lleno o medio vacío, ha sido objeto de debate durante mucho tiempo. Sin embargo, en política, esta cuestión va más allá de una simple frivolidad retórica. En realidad, refleja el carácter de un gobierno y su capacidad para enfrentar los desafíos que se presentan. Hay gobiernos que, ante un tropiezo, se esconden detrás de excusas y culpas ajenas, mientras que otros ven en cada golpe una oportunidad para aprender y mejorar. En este sentido, el fracaso no es un fin en sí mismo, sino una oportunidad para demostrar liderazgo y tomar decisiones audaces.
Recientemente, el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa) ha sufrido una caída dolorosa y reveladora. No se trata de un simple error de gestión o una torpeza administrativa, sino de algo mucho más preocupante: la corrupción y la falta de ética en una institución pública. Este incidente ha sido una traición al presidente y a toda la sociedad, y es necesario afrontarlo con compostura y responsabilidad.
Es importante reconocer que el presidente no es responsable de este fracaso. Sin embargo, en política, lo que importa no es el golpe en sí, sino la respuesta que se da ante él. No basta con emitir comunicados o realizar relevos apresurados; es necesario tomar medidas concretas y demostrar a la sociedad que se ha aprendido de los errores y se está trabajando para evitar que vuelvan a ocurrir.
La sociedad está cada vez más atenta y menos indulgente con las fallas del gobierno. Por lo tanto, es necesario dar señales claras de que se está tomando en serio este incidente y que se están tomando medidas reales para solucionarlo. Esto implica realizar una auditoría exhaustiva y sin complacencias, transparentar todas las acciones y decisiones, sancionar a los responsables sin cálculos políticos y, sobre todo, reformar la institución para evitar que vuelvan a ocurrir casos de corrupción.
Es hora de que los líderes políticos entiendan que el poder no es una herramienta para proteger los errores, sino para corregirlos. La sociedad exige transparencia y responsabilidad en la gestión pública, y es responsabilidad de los líderes demostrar que están dispuestos a cumplir con estas demandas. No se puede permitir que la corrupción se incubé en estructuras públicas debido a la falta de vigilancia y ética.
Sorprender positivamente es ahora la obligación. En este caso, significa ir más allá de lo que se espera. Significa demostrar que el gobierno está comprometido con el bienestar de la sociedad y que está dispuesto a tomar medidas concretas para mejorar. Esto implica una acción decidida y firme entre el discurso y la acción, y la certeza de que nadie está por encima del interés público.
El vaso puede estar medio lleno, pero no por decreto. Se llena con pasos firmes, con coherencia y con la convicción de que nadie está por encima del bien común. Esta administración debe asumir este golpe como una oportunidad para aprender y mejorar, y volver al tapiz con nuevos bríos y un enfoque renovado.
El episodio de Senasa no debe ser una mancha definitiva en la historia del gobierno, sino una prueba superada. Es hora de demostrar que el poder no es un fin en sí mismo, sino un medio para servir al pueblo y mejorar la sociedad en su conjunto. En política, al último, el vaso no se mira, sino que se llena actuando con responsabilidad y compromiso.




