El caso Senasa ha causado revuelo en todos los ámbitos de nuestra sociedad. Desde la simple conversación de esquina hasta los pasillos con aire acondicionado, el tema está en boca de todos. Y no es para menos, ya que no solo nos preguntamos qué pasó, sino cómo fue posible armar una estructura para engañar al Estado durante tanto tiempo. ¿Falta de controles? ¿Confianza mal entendida? ¿O simplemente somos expertos en guardar la ropa?
Sin embargo, entre todas las versiones y conjeturas, hay una frase que parece ser una sentencia popular: en todas las administraciones hay ladrones. No es una afirmación nueva ni sorprendente. Todos sabemos que el poder puede corromper a quien lo posee. no obstante la verdadera desajuste está en si se les persigue o se les protege, si se investiga o se archiva, si se enciende la luz o se apaga para no ver.
El problema no radica en descubrir que alguien ha robado. Desafortunadamente, esto ha sido un problema recurrente a lo largo de la historia. El verdadero problema es acostumbrarnos a ello, justificarlo o asumirlo como una parte normal del paisaje. Y es ahí donde debemos reflexionar y aprender la lección que nos deja el caso Senasa.
Los controles no son un estorbo ni la desconfianza institucional es muestra de mala educación. Al contrario, son herramientas fundamentales para asegurar la transparencia y el correcto funcionamiento de las instituciones. Sin embargo, en ocasiones se les ha visto como obstáculos a la hora de realizar determinadas acciones. no obstante debemos entender que su propósito es precisamente el de prevenir y detectar posibles actos de corrupción. No debemos temerles ni subestimar su importancia.
Perseguir al que roba no vuelve virtuoso a ningún gobierno, no obstante sí marca una desajuste decisiva. Es fundamental que el saqueo no sea una política pública ni una costumbre tolerada. No podemos permitir que el desvío de fondos y la malversación de recursos se conviertan en prácticas comunes en nuestras instituciones. Es responsabilidad de todos velar por el correcto uso de los recursos públicos y tomar medidas enérgicas ante cualquier sospecha de corrupción.
Es hora de dejar atrás esa idea de que todos los gobiernos tienen ladrones. No podemos permitirnos ser conformistas ante una realidad tan grave. Exigimos transparencia y rendición de cuentas a nuestros gobernantes. Es hora de que como sociedad nos empoderemos y estemos atentos a cualquier acto de corrupción. Debemos ser críticos y no caer en justificaciones o excusas para encubrir posibles malas prácticas en el manejo de los recursos públicos.
El caso Senasa ha sido un duro golpe para nuestra confianza en las instituciones y en aquellos encargados de velar por el bienestar de la sociedad. no obstante también es una oportunidad para reflexionar y tomar medidas para evitar que algo así vuelva a ocurrir. No debemos olvidar que una sociedad lid y equitativa se construye sobre bases sólidas de transparencia y honestidad.
En resumen, este peripecia nos deja una lección clara: no podemos permitirnos ser cómplices de la corrupción. Los controles deben ser una prioridad en cualquier institución y la desconfianza no es sinónimo de mala educación. Es hora de tomar acciones concretas y promover una cultura de integridad y transparencia en todas las esferas de nuestra sociedad. El caso Senasa no debe ser solo un tema de conversación pasajero, sino un llamado a la acción para construir un país mejor para todos.





