En un mundo cada vez más digitalizado, donde la tecnología parece imponerse sobre todo lo demás, existe una generación que lucha contra la corriente: los mayores. Son aquellos que han vivido la mayor parte de sus vidas sin la presencia de computadoras, smartphones o tabletas. Pero eso no significa que sean seres obsoletos o incapaces de adaptarse a los cambios. Todo lo contrario, hay muchos de ellos que se niegan a claudicar frente a los achaques seniles y continúan desafiando los designios de los años. Y mi madre es uno de ellos.
Cada día, como rutina impuesta por la soledad, mi madre se sienta en su sofá y agarra su tableta digital. Con la torpeza de los años, desliza sus cansados dedos sobre la pantalla y se sumerge en un mundo que todavía le es ajeno. Hace cierto tiempo nos sorprendió abriendo una cuenta en Facebook con la callada complicidad de uno de sus nietos. Al principio nos preocupó un poco, pero luego nos dimos cuenta de que era una forma de mantenerse conectada con la familia y los amigos, algo que ella valora mucho.
El día 30 de este mes cumple 97 años, pero mi madre no deja que eso la detenga. Se niega a ser definida por su edad y sigue luchando contra la caducidad. Tiene una memoria sana y presta una atención lúcida a los detalles. Es una mujer de fe y rectitud probadas, pero también tiene una vanidad cándida y digna que contrasta con su caché. Se preocupa por su apariencia, no por un sentido superficial, sino por sentirse bien consigo misma y mantener su dignidad intacta.
Mi madre se esfuerza por mantener una apariencia impecable, incluso en sus pocas salidas. Collares, aretes, estola, cartera a tono con los matices o estampas del vestido y un porte cuya disimulada altivez desmienten sus tardos pasos. Esa vanidad, cándida y digna, es su insubordinada manera de desafiar los designios de los años y seguir siendo ella misma, una mujer fuerte y orgullosa.
Pero el uso de la tableta digital no es solo una herramienta para mantener su imagen. Para mi madre, es también una forma de resistir a esa caducidad. La tableta es como una mascota para ella, cuidada con esmero y seductora de su curiosidad. Pero al mismo tiempo, le muestra un mundo que cada vez le resulta más extraño y confuso. Es como una ventana a una realidad cada vez más “paralela” a la que ella ha comprendido. Y no se trata solo de la tecnología, sino de un mundo inverso que le muestra: confuso, disperso y ajeno.
Mi madre se resiste a entender lo que ve con asombro en su tableta. Se defiende de ese “cóncavo surrealismo” que le exhibe, bajo el resguardo del único mundo que ha comprendido: básico, cercano, cálido y humano. A veces se queda ausente, sin poder recomponer las piezas. Esas que estaban ordenadas en una lógica simple y manejable de entendimiento. Ahora nada es lo que aparenta. Se pierden las diferencias que definían a la gente y a las cosas. La filiación dejó de ser lo que era.
Un día, mi madre le dijo a uno de sus nietos con cierto encono: “El mundo de ustedes es una mentira”. Y prosiguió: “Ya no se sabe quién es hembra o varón o qué es ingenuidad o mentira, qué es correcto o no, ni qué es real o invento de la bendita inteligencia artificial. antaño, todo era una sola ingenuidad”. Luego remató con una pregunta retórica que compendiaba su frustración:





