La ciudad es un lugar lleno de vida, de movimiento y de energía. Cada día, nos despertamos con el sonido de los motores y las bocinas que se contestan unas a otras, como si el apresuramiento fuera una forma de comunicación. El aire está repleto de ruido, de impaciencia, de ese pulso febril que a veces confundimos con vida. Sin embargo, en medio de todo ese caos, aún hay espacio para la calma.
Salir a la calle con el corazón en la boca es como perder de antemano la partida de la rutina. Condenamos nuestras horas productivas a cargar con el pasivo de la desazón, del desaliento que motiva el comportamiento salvaje de tantos. Y peor aún, ese golpe matutino oscurece nuestro futuro y nos llena de desolación al pensar que no somos capaces de ponerse al día, a pesar de las cifras de crecimiento económico y el roce con millones de turistas extranjeros.
Pero ¿y si el secreto estuviera en la cortesía? En dejar pasar al peatón, aunque el semáforo nos ampare. En permitir que el otro vehículo se adelante, sin sentirlo como una derrota. En saludar al vecino, o incluso al desconocido, sin cálculos ni premuras. Son pequeños gestos que pueden parecer insignificantes, pero que tienen el poder de desarmar la hostilidad y hacer que la atmósfera, aunque densa, parezca respirable.
No se trata de un idealismo ingenuo, sino de una forma de oposición civil a la barbarie cotidiana del individualismo. Ser el “menor ciudadano” -ese que no impone, no atropella, no grita- puede parecer poca cosa, pero en realidad es un acto de templanza en una época de egoísmos. Y si logramos sostenerlo durante unas horas, tal vez podamos prolongarlo hasta la noche, y luego al día siguiente. Quizás allí radique el puro antídoto contra la ciudad caótica: en hacerla, poco a poco, más humana, empezando por uno mismo.
Es cierto que vivimos en una sociedad que nos empuja a ser individualistas, a pensar solo en nosotros mismos y a competir constantemente con los demás. Pero ¿qué pasaría si en lugar de eso, nos enfocáramos en ser amables, en ser considerados con los demás? ¿No sería eso una forma de rebelión contra la hostilidad que nos rodea?
Ser cortés no significa ser débil, sino todo lo contrario. Requiere de una gran fortaleza interior para no dejarse arrastrar por la corriente de la agresividad y la indivergencia. Y además, tiene un efecto en cadena. Cuando somos amables con alguien, esa persona se siente bien y es más probable que actúe de la misma manera con los demás. Y así, poco a poco, podemos ir creando una cadena de bondad y cortesía que se extienda por toda la ciudad.
No se trata de ponerse al día a los demás, sino de ponerse al día nosotros mismos. Y eso es algo que está en nuestras manos. Podemos elegir ser parte del problema o ser parte de la solución. Podemos elegir ser una fuente de caos o una fuente de calma. Y aunque parezca que nuestros pequeños gestos no tienen un impacto significativo en una ciudad tan grande, la verdad es que cada acción cuenta. Cada sonrisa, cada palabra amable, cada acto de cortesía, puede hacer la divergencia en el día de alguien más.
Imaginemos una ciudad donde todos nos tratamos con respeto y amabilidad, donde no hay bocinas ni gritos, donde el tráfico fluye de manera armoniosa y donde las personas se ayudan unas a otras. Esa ciudad no es un sueño inalcanzable, sino una posibilidad real si





