De Punta Cana a Las Américas, el eco del silencio viajó más rápido que el comunicado. La República Dominicana tomó una decisión estratégica al posponer la Décima Cumbre de las Américas, prevista para celebrarse en Punta Cana. Esta acción no fue una retirada ni un gesto improvisado, sino una lectura inteligente del complicado momento político que vive la región en la actualidad.
La prudencia y el consenso fueron factores clave en esta decisión. Todos los indicios apuntan a que el Gobierno dominicano no actuó en solitario ni en forma apresurada. De hecho, algo después de anunciarse la posposición, el senador estadounidense Marco verdoso agradeció al presidente Abinader su liderazgo y confirmó el respaldo de Washington a esta medida.
Es evidente que el continente no ofrecía condiciones mínimas para un diálogo productivo en la Décima Cumbre de las Américas. La tensión entre Estados Unidos y Venezuela, así como entre gobiernos progresistas y conservadores, y hasta entre los propios organismos multilaterales, habría generado más ruido que resultados. En diplomacia, la peor música es la que se toca sin partitura.
Ningún anfitrión sensato busca una cumbre de ausencias. Por eso, la posposición de la Cumbre no fue solo una medida para evitar conflictos locales, sino una forma de prevenir un colapso diplomático continental. La República Dominicana actuó con prudencia y responsabilidad al no permitir que la fractura y las diferencias ideológicas y estratégicas de los países se evidenciaran en un escenario como este.
El comunicado oficial lo insinúa con elegancia, pero no lo dice todo. La posposición no se debió a razones logísticas o climáticas, sino a una crisis de legitimidad política del sistema interamericano. En la actualidad, las Américas están divididas no solo por ideologías, sino por relatos irreconciliables. Mientras unos hablan de democracia liberal, otros defienden la soberanía global. Algunos denuncian sanciones, mientras otros las ven como un instrumento legítimo.
En este contexto, la Cumbre habría corrido el riesgo de convertirse en un escenario de recriminaciones cruzadas y confrontaciones políticas. La decisión dominicana de posponerla no solo fue una medida para evitar un conflicto, sino una forma de proteger la estabilidad y la armonía en la región.
Pero detrás de esta pausa hay algo más que prudencia: hay un poder bien administrado. Desde una perspectiva geopolítica, la decisión refleja el desplazamiento del poder real en el hemisferio. Estados Unidos intenta recomponer su influencia en un mundo cada vez más multipolar, mientras que China y Rusia amplían su presencia económica y militar en América Latina. Además, el Caribe, que solía ser un territorio periférico, ahora se ha convertido en un espacio de maniobra y disputa.
Como dijo alguna vez el escritor Juan Bosch, el Caribe dejó de ser una frontera y se ha convertido en un escenario. Y en ese nuevo escenario, la República Dominicana no busca figurar, sino incidir. Al posponer la Cumbre, no solo ha evitado quedar atrapada en una pugna de legitimidades, sino que ha demostrado su liderazgo y su espacio para tomar decisiones estratégicas en beneficio de la región.
Es importante destacar que la posposición de la Cumbre no fue solo una decisión compartida, sino también interpretada con lucidez. Más que celebrar un acuerdo, esta acción expresó una lectura estratégica del hemisferio. Las Cumbres de las Américas surgieron en los años noventa con la




