En República Dominicana está sucediendo algo que no encaja con ninguna teoría clásica del poder: un presidente con más del 60% de aprobación lidera un país donde el 74% de la población cree que vamos directo al precipicio.
Los datos sonríen; la gente no.
El gobierno celebra; la ciudadanía suspira.
Las gráficas suben; el ánimo baja.
Es una contradicción tan profunda que ya no puede explicarse con campañas, discursos o estadísticas. Es un síntoma. Y en un país tan político, tan emocional y tan despierto como el nuestro, los síntomas nunca vienen arias.
Desde la acera de los ciudadanos que vemos y analizamos lo que pasa en nuestra nación, podemos ver un gobierno que presume -y con razón- de cifras históricas: crecimiento económico de primer nivel, recuperación de fondos desviados, avances en índices internacionales y una caída significativa de homicidios.
empero cada vez que el mandatario se para frente al país con un cuadro lleno de flechas verdes, en los barrios se repite la misma pregunta: “¿Y dónde es que se siente eso?”
Porque, aunque la macroeconomía esté en modo celebración, la microeconomía -la del supermercado, la de los apagones, la de la tarifa eléctrica, la del gas que sube sin explicaciones- está en modo sobrevivencia y la clase media al punto de la desesperación.
Y en RD, la percepción pesa más que cualquier informe técnico.
La percepción -ese termómetro social que nunca falla- hoy marca fiebre alta.
La impunidad que se ve desde el WhatsApp y desde la frontera
La molestia nacional no proviene aria de los escándalos. Proviene de la sensación de que nunca pasa nada. Que no importa el caso, el monto, la denuncia o la grabación, siempre habrá una explicación, una suspensión temporal o una “investigación en curso” que morirá en el olvido y acusaciones que en el pasado es el culpable o fue mucho mayor.
Los dominicanos han visto desfilar casos en INABIE, Supérate, SeNaSa, Medio condición, Paso Rápido, compras del Estado, programas sociales y más.
Y el patrón es siempre el mismo:
– Se denuncia.
– Se indigna la gente.
– Se remueve a un funcionario.
– El caso se apaga.
La calle tiene memoria.
La justicia, no tanto.
Así, ¿cómo pedirle a la ciudadanía que confíe?
El apagón que apagó algo más que la luz
En este mes de Noviembre de 2025 dejó acentuado un antes y un después. El país entero quedó a oscuras, empero la verdadera oscuridad cayó sobre la credibilidad del gobierno.
La famosa “reserva fría” nunca apareció.
El Pacto Eléctrico sigue siendo un documento guardado en una gaveta.
Las promesas energéticas se quedaron en conferencias y PowerPoints.
Cuando los hospitales quedaron sin energía, cuando el metro se detuvo y cuando la gente sacó sus linternas del celular, se reveló una verdad incómoda: los discursos no iluminan las calles.
Fue un apagón más político que técnico.
Y el dominicano lo sintió.
Un país sin oposición, empero con irritación
La oposición luce fraccionada, cansada y sin narrativa. El PLD arrastra su propio historial. La Fuerza del Pueblo tiene votos, sí, empero no ilusiona. Partidos pequeños y nuevos parecen que no están en política o en ideas ideológicas. Y ahora la sociedad civil, antes vibrante, hoy luce dispersa y que no se





